Mi historia con las piñatas

PiñatasBP1
Fábrica de piñatas en Managua/Foto cortesía de Bismarck Picado.

Por Matilde Córdoba

Hoy no es un día de confesiones pero yo haré una: me caían mal las piñatas. Participar en una era para mí un compromiso social poco gratificante. Llegaba a las fiestas y me sentaba esperando que a nadie se le ocurriera la grandiosa idea de invitarme a aporrear la piñata. Luego que me invitaban (porque siempre lo hacían), respondía con un no, sonreía con indiferencia y suplicaba en silencio para que no insistieran, pero sobraba quien lo hacía creyendo que así se congraciaba conmigo. “Andá Matildita”, “no seas aburrida, niña”.

Pararme con una venda en los ojos sosteniendo un palo en la mano y luego seguir indicaciones de un grupo de gente gritona era para mí un absurdo. No solo me sentía expuesta siendo el centro de las miradas, sino torpe. Que si a la izquierda o a la derecha, que si arriba o si abajo. Nunca atiné a darle a ninguna. ¿Cuántas veces habré pasado a darle a una piñata? Unas tres o cuatro veces.

Las pocas ocasiones en las que pasé, opté por hacer trampa. Aprovechándome de las concesiones que se les hacen a las niñas (seres débiles que precisan de prerrogativas), le pedía a la persona que me vendaba que no me ajustara el trapo y así me zafaba la venda de los ojos. El objetivo principal era no parecer tonta buscando la piñata cuando me dieran el garrote y la orden de aporrearla. La molestia que me provocaba eso me la desquitaba dando golpes imaginarios porque a la piñata con costo y la rozaba.

Leer más »

¿Quién defiende a las que nos defienden?

3

Por Matilde Córdoba

A Cecilia Torres la mató un maestro. “Mire, doña Cecilia, vengo a arreglar con usted”, le dijo el hombre momentos antes de meterle el cuchillo en el estómago. Ella había luchado incansablemente durante tres años para conseguir la pensión de alimentos para su nieta y lo había logrado, pero el maestro no había cumplido con entregar los C$600 estipulados por un juez. Antes que la asesinara, ella había instado a su hija a que lo demandara por incumplimiento de deberes alimentarios y así había sido.

La mujer, oriunda de Caratera, La Dalia, era una partera, brigadista de salud, activista del Cenidh y también miembro de la Red de Mujeres del Norte. “¿A qué reuniones no iba la Cecilia? A todas. La recuerdan siempre buscando cómo ayudar a los demás y en especial a las mujeres. La recuerdan valiente, decidida: no tenía miedo a hablar, en cualquier reunión siempre estaba dispuesta a compartir experiencias”, dice un artículo publicado en la revista Envío en diciembre de 2007, año en que fue asesinada Cecilia, que fue escrito por el Grupo Venancia.

El caso de Cecilia, uno de los 60 femicidios registrados ese año, lo trae a la plática Jamileth Vallejos para describir los riesgos a los que están expuestas las mujeres dedicadas a defender nuestros derechos. Ella pertenece a la Red de Mujeres del Norte y conoce en carne propia estos riesgos. Una vez un hombre armado la llegó a buscar cuando se encontraba acompañando a una mujer que había sido violada.

Leer más »

“Mire y grábelo en su memoria”

DSC03111En el Museo de La Nación, en Lima, Perú, se encuentra la exposición “Yuyapanaq, para recordar”, un testimonio de veinte años de violencia. En Perú optaron por rescatar la memoria colectiva y con esta exposición ofrecieron un retrato detallado de la violencia, de sus víctimas y de sus victimarios. “Mírelo y grábelo en su memoria”, decía uno de los primeros carteles. Miré, grabé y me quedé con esta reflexión e inquietud: ¿en Nicaragua ya conocimos la verdad?