Las mujeres que se reinventan por el cambio climático

cultivos
Cultivo de maíz en la parcela de Yokasta Calero, en San José de Pire, Condega, Estelí.

Por Matilde Córdoba

En los primeros días de septiembre Yokasta Calero, agricultora de San José de Pire, una comunidad ubicada en las profundidades de Condega, en el corredor seco del país, tiene previsto sembrar dos manzanas de frijoles y de sorgo. En sus manos tiene un informe meteorológico para los próximos quince días. Sabe cuánto será la velocidad del viento, la humedad relativa, las temperaturas máximas, mínimas y medias; la radiación solar, la cantidad de lluvia que caerá y con qué intensidad.

Esta información le fue proporcionada por una de las 12 estaciones meteorológicas que han sido instaladas en comunidades de algunos de los municipios de Estelí y Madriz. Una de estas se encuentra en una parcela propiedad de Yokasta, quien tiene 40 años y es madre de dos mujeres y un varón.Leer más »

Un año de Media cuartilla 

STORIES

Por Matilde Córdoba

Media cuartilla nació después de la Semana Santa de 2015. Yo tenía el pie enyesado por  un esguince y la preocupación de tener tanto tiempo libre, mucho calor y muchos programas televisivos que ver. Eso provocó que retomara la vieja idea de escribir en un blog. Contacté a la Mildred Largaespada y le pedí ayuda. Ella me mandó a reflexionar y tomó, como toma todo, muy en serio la tarea. Pensá en un nombre o en varios, mirá los diseños y nos reunimos mañana por skype, me orientó en principio. En esas estuve varios días y después de varios encuentros por skype con la Mildred, llegué a la parte más difícil: pensar sobre qué escribir, así que hice una presentación que pocos leyeron y el 25 de mayo de 2015 escribí la primera entrada formal: la historia sobre la muerte de una niña en un avión de La Costeña. La niña muerta la titulé. Yo estuve ahí cuando sucedió todo. Esa primera entrada tuvo 526 visitas en las primeras 10 horas.

Desde esa primera entrada hasta ahora he publicado 26 escritos sobre temas diversos que han tenido como característica en común mi experiencia. Es decir, he estado de metida en casi todos los escritos, así fuesen sobre el acoso callejero, sobre León, sobre la guerra y hasta sobre el famoso envenenador Oliverio Castañeda (en esa última entrada conté que mi bisabuela fue una de las que lo creía inocente y acudía al juicio solo para escucharlo hablar). En el blog he publicado también un par de entrevistas y he escudriñado en mi niñez y hasta en mis traumas.

Hasta hoy Media Cuartilla ha tenido 18,924 visitas. Los lectores provienen en primer lugar de Nicaragua y luego de Estados Unidos. Le siguen los de México, España, Costa Rica, Canadá, los Países Bajos, Panamá y Colombia. No sé quién me lee en la India, Vietnam y Nigeria, pero el año pasado registré cuatro visitas en cada uno de esos países. En 2015 los visitantes llegaron desde 56 países. Este año tengo registradas tres visitas desde Australia, una en Andorra y cuatro en Irlanda por mencionar tres zonas distantes entre los 55 países que registran las estadísticas de 2016. Me gustaría saber quiénes son esos lectores.

Media Cuartilla llega a 130 direcciones de correo electrónico, pero suelo interactuar solo con unos pocos. Todas las entradas han sido pensadas con anticipación. Han sido hechas y rehechas. Antes escribía al salir del trabajo y concluía los domingos, ahora termino los viernes. En ocasiones un par de amigos las leen antes que sean publicadas.

¿Sobre qué le gusta leer a la gente? Pues los gustos son diversos. La entrada más leída se llama Sobre esos que quedaron en la montaña sin tumba y sin gloria. Esta cuenta la historia de un chavalo que murió mientras hacía su Servicio Militar Obligatorio. A su mamá le entregaron el cadáver equivocado y 30 años después pudo hallarlo. Entrevisté a su hermano, Francisco Alvarenga, quien escribió una novela. En un día esta entrada alcanzó las 1900 visitas, un récord que hasta entonces ostentaba una entrada sobre León, mi León. Esta también ha sido una de las más comentadas: 24 comentarios. Ese mismo número de intervenciones tiene la de León. La segunda más comentada es una que se llama Los primeros de mi familia. Creo que en este caso todos los comentaristas son parientes míos.

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¿Quién defiende a las que nos defienden?

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Por Matilde Córdoba

A Cecilia Torres la mató un maestro. “Mire, doña Cecilia, vengo a arreglar con usted”, le dijo el hombre momentos antes de meterle el cuchillo en el estómago. Ella había luchado incansablemente durante tres años para conseguir la pensión de alimentos para su nieta y lo había logrado, pero el maestro no había cumplido con entregar los C$600 estipulados por un juez. Antes que la asesinara, ella había instado a su hija a que lo demandara por incumplimiento de deberes alimentarios y así había sido.

La mujer, oriunda de Caratera, La Dalia, era una partera, brigadista de salud, activista del Cenidh y también miembro de la Red de Mujeres del Norte. “¿A qué reuniones no iba la Cecilia? A todas. La recuerdan siempre buscando cómo ayudar a los demás y en especial a las mujeres. La recuerdan valiente, decidida: no tenía miedo a hablar, en cualquier reunión siempre estaba dispuesta a compartir experiencias”, dice un artículo publicado en la revista Envío en diciembre de 2007, año en que fue asesinada Cecilia, que fue escrito por el Grupo Venancia.

El caso de Cecilia, uno de los 60 femicidios registrados ese año, lo trae a la plática Jamileth Vallejos para describir los riesgos a los que están expuestas las mujeres dedicadas a defender nuestros derechos. Ella pertenece a la Red de Mujeres del Norte y conoce en carne propia estos riesgos. Una vez un hombre armado la llegó a buscar cuando se encontraba acompañando a una mujer que había sido violada.

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Artes marciales para defenderme de los “arrebatos”

poster kravmagáPor Matilde Córdoba

Esta es la historia de cómo sobreviví a seis domingos de intenso entrenamiento para aprender a defenderme: golpes, patadas, moretones. Tenía 26 años, era asmática, estaba peleada con los deportes desde la primaria y pesaba 115 libras. Aprendí a defenderme de posibles agresiones físicas y sexuales y escribí cómo fue el proceso. Mi editor me lo había encargado.

Yo fui siempre esa a la que todos identificaban como “mantequilla”, a la que escogían de último en los equipos escolares. Fui siempre lenta y después de diez minutos de trotar me escapaba de ahogar. Para mí era imposible —y continúa siéndolo—practicar eso que llaman la carretilla. En síntesis: esos seis domingos fueron de sacrificio.

Mientras escribía la crónica, miré el corto de la película “Nunca más”, en la que Jennifer López practica Krav Magá, el sistema de lucha creado por el ejército israelí allá por 1940. En hebreo Krav Magá significa “combate cuerpo a cuerpo”. La “JLo” y yo, muchas libras de caderas aparte, lo practicamos. No tengo su cuerpo, no canto ni bailo como ella, e incluso, tampoco practico el Krav Magá como lo hace ella en la película, pero ambas tenemos algo en común: conocemos sus técnicas, y, en teoría, estamos preparadas para defendernos de una agresión.

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El acoso callejero, el periodismo y yo

CARTEL CONTRA EL ACOSO3

Por Matilde Córdoba

Yo era una chavala flaca, ni bajita ni alta, poco risueña y con apariencia de estudiosa que entre los trece y catorce años tenía la libertad para salir de la casa sin pedir permiso, solo avisando adonde iba. Usualmente visitaba a mis amigas o La Asunción, el colegio de monjas en el que estudié la primaria y la secundaria. A veces iba dos veces al día al colegio, teniendo que caminar unas dieciséis cuadras leonesas en cada viaje.

En una de esas idas y venidas me topé con un tipo grandulón, con apariencia intimidante que al pasar junto a mí me tocó la vulva. Fue muy rápido. Tengo presente aún la imagen de cuando viene frente a mí y luego me veo yo, de pie, aturdida, viéndolo continuar su rumbo. Nunca se lo dije a nadie. No sé ni por qué —seguro cuando una de mis hermanas lea esto me regañará—.

Mi mamá nos enseñó muchas cosas, entre ellas a identificar situaciones en las que se le debía patear los huevos a un hombre. Así lo decía ella: “Si un hijueputa te quiere tocar, le pegás una patada en los huevos”. En las lecciones recurrentes que solía darnos a mis hermanas y a mí, había una gran lista de circunstancias en las que debíamos patearle los bajos a un tipo, fuese o no desconocido, entre ellas esta: si un hombre nos rascaba la palma de la mano con su dedo índice indicaba que quería sexo y eso era motivo suficiente para patearlo. Era en defensa propia y nosotras éramos unas niñas —mi hermana mayor ya era adolescente—.
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