#MiPrimerAcoso

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Esta imagen se publicó en el diario La Izquierda, de Chile, cuando se aprobó un proyecto de ley que sanciona el acoso sexual callejero.

Por Matilde Córdoba

¿Recordás cuándo fue la primera vez que un hombre te acosó en la calle? A Tammy, 27 años, se le dificulta recordarlo. A Jennifer, de 17 años, también. A Mary, de 15, no. Ocurrió cuando tenía seis años, iba con su madre, un tipo le gritó “amorcito, ¡qué ricas estás!”. Ambas caminaron más rápido sin voltear a ver al agresor.

¿Hacemos todas el ejercicio de recordar?

Tammy, 27 años:

Es fácil recordar los más agresivos y asquerosos. El tipo que se sacó el pene y lo sacudió cuando pasó a mi lado en una calle de Managua, era de tarde y pasaban vehículos por el lugar, o el que cuando iba camino al colegio pasó al lado mío y se acercó tanto que casi me besa. ¡Ah! Y aquellos de lo más asquerosos y enfermos, en los que te dicen lo que te harían “en esa boquita, en ese…”. Así es como uno empieza a sentirse “cosa”, avergonzada, humillada en la calle por cualquier pendejo que se siente con el derecho de opinar sobre tu cuerpo, de morbosearte de la manera más descarada, de quererte tocar o de hacerlo. Hago un ejercicio para recordar y me doy cuenta que los primeros acosos a los que estuve expuesta no eran para mí, sino contra mi mamá o mi tía, con quienes yo iba de compras, a la escuela o de paseo. A veces ellas no les decían nada porque en ocasiones era en lugares más o menos peligrosos y asumo que temían que el acosador reaccionara de manera agresiva y que era mejor aligerar el paso.  Recuerdo también que las primeras veces que los hombres empezaron a decirme “cosas” yo iba también con ellas. Nunca pasaba cuando iba con mi papá, tío o hermano. Nunca. Tampoco me ha pasado cuando voy con mi novio. Vaya que estos ‘hombres’ respetan a los hombres. Desde la adolescencia mi familia evitaba que yo pasara por lugares donde había concentración masculina para no exponerme a una jauría de perros.

No importaba si era camino a la escuela, en el mercado, en la calle, en el bus, los acosadores estaban y siguen estando por todos lados. No importa que seás la mujer de curvas despampanantes o la chavala que apenas está empezando la pubertad, todo es que seás mujer, vagina entre las piernas, para que ellos se adjudiquen el derecho de opinar, disponer, rozar o tocar nuestros cuerpos.

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“El modelo de madre que se fomenta exige que las mujeres renuncien a todo o a casi todo”

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Por Matilde Córdoba

A mi edad, 32 años, mi madre ya tenía cuatro hijos. En los años ochenta y noventa ella se la pasó revisando tareas, haciendo malabares con su escuálido salario, yendo a reuniones en las escuelas y acompañándonos a citas médicas. Estudió durante cinco años una carrera universitaria y nunca se volvió a casar. No la recuerdo trasnochando, a menos que fuese porque estaba estudiando, ni permitiéndose lujos. Estoy convencida que hubiese sido más exitosa de lo que es hoy si no hubiese dedicado más de la mitad de su vida a criarnos. Seguramente también tendría dinero, bienes, qué sé yo.

Veo a mi madre y su sacrificio y me pregunto si quiero eso para mí. En ocasiones la respuesta es sí (porque tiene buenos hijxs) y en otras, la mayoría, es no. No quiero desvelarme por un bebé, tampoco quiero que mi cuerpo cambie por un embarazo, no quiero dejar de disponer de mi tiempo y empezar a velar por alguien más. No quiero pensar en qué escuela estudiará, cuántos idiomas deberá aprender ni en qué mundo vivirá.

Hay circunstancias, en cambio, en las que me pregunto qué será de mí cuando llegue a los 50 o 60, si acaso llego, y entonces me convenzo en que sí debo ser madre. Esto, como lo explica más adelante la socióloga y feminista María Teresa Blandón, tiene que ver con la desolación femenina.

Empecé esta entrada tras leer la investigación de Milagros Romero titulada Maternidades feministas: experiencias y reflexiones en construcción, en la que analiza las implicaciones que tiene la maternidad para jóvenes feministas y qué influencia tiene el feminismo en el ejercicio de la maternidad.

Milagros Romero apunta en su investigación que “esa tarea de cuidar, criar, educar, atender necesidades y llevar a la vida adulta a otro ser humano no debe ser solo tarea de las mujeres, pero en vista de lo bien que le cae al patriarcado que así sea, toda la sociedad se ha acomodado para que esto no cambie”.

Agrega que “esa exclusividad y sobrecarga de tareas no solo recaen en las mujeres madres no feministas, se trata de una realidad en la que todas estamos”.

Pensé en que hablar sobre la investigación no sería suficiente si no entrevistaba a alguien que haya problematizado el tema de la maternidad, así que busqué a María Teresa Blandón, quien explicará detalladamente por qué se cuestionan los fundamentos de la maternidad, el exigente modelo de madre que predomina, la presión social alrededor del tema y cómo medimos con una vara a los padres y con otra a las madres.

Como no hay una única razón por la que las mujeres son madres, entrevisté a mujeres de distintas edades y segmentos socioeconómicos para que cuenten por qué decidieron ser mamás (ver video).

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Las canciones machistas que ya no canto

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Por Matilde Córdoba

Antes que pudiera descargar Spotify en mi celular y de poner la antena en el carro sin temor a que me la robasen en un parqueo, solía escuchar una sola emisora cuando iba camino al trabajo. Casi siempre cuando faltaban dos semáforos antes de llegar al periódico salía en la radio una canción que me atraía por el ritmo y que sin darme cuenta me aprendí. Digamos que me aprendí el coro. Un día le puse cuidado a la letra y para mi sorpresa me descubrí rogándole a un ex, sabrá Dios cuál, que me ayudara a olvidarlo: no me trates bien ni sonrías más… Sé un ex de verdad, trátame mal, ayúdame con eso.

Supe después que la canción se llama un ex de verdad (los ex de verdad son los que maltratan según las intérpretes) y que la cantan dos muchachas cuyo nombre artístico es Ha-ash. Para no caer en la tentación de cantar la canción, ahora cambio la emisora cada vez que la ponen en la radio. Reflexioné desde entonces en cuánto machismo trae la música y cómo nosotras lo validamos aceptándola, cantándola, pidiéndola en las radios, yendo a los conciertos de esa gente. Si no estamos suplicando que un hombre no nos deje, estamos justificando y a veces pidiendo el maltrato. No importa que las interpreten mujeres u hombres.

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Ángeles con distintos rostros

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Por Matilde Córdoba

Él dice que tiene ángeles que lo cuidan. Por eso frente a mí hay ángeles de todo tipo: con caras de niños traviesos, con caras de insectos, con caras risueñas y otros sin cara. Hay gordos, flacos y amorfos. Los hay de madera, de barro, de cabuya, de hoja de plátano y de hierro. Con enormes piernas y chaparros. Hay una negrita bonita junto a un ángel friolento y abrigado y hay muchos otros que tienen la sonrisa que a veces aquí falta. Afuera hay más ángeles pero da pereza ir a contarlos. Quizá tenga unos cuarenta. Un cactus sobre el escritorio absorbe las malas energías que emanan de la computadora. Y las que se le pegan a él. Entre los ángeles hay libros. La mitad no los ha leído. Eso será cuando se jubile.

El lugar debería ser más extenso. O eso dice él. Deberían caber más calaches (y así tendría oportunidad para comprar más libros, más ángeles, quizá un equipo de sonido, tal vez otra impresora, un mueble más grande, se podría meter la bici estacionaria o el escritorio grandote). En el sitio hay fotos. Hay también recetarios que evidencian que le gusta comer bien. Hay una caja de puros autografiados y papeles que han sido subrayados con marcador.

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Mi historia con las piñatas

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Fábrica de piñatas en Managua/Foto cortesía de Bismarck Picado.

Por Matilde Córdoba

Hoy no es un día de confesiones pero yo haré una: me caían mal las piñatas. Participar en una era para mí un compromiso social poco gratificante. Llegaba a las fiestas y me sentaba esperando que a nadie se le ocurriera la grandiosa idea de invitarme a aporrear la piñata. Luego que me invitaban (porque siempre lo hacían), respondía con un no, sonreía con indiferencia y suplicaba en silencio para que no insistieran, pero sobraba quien lo hacía creyendo que así se congraciaba conmigo. “Andá Matildita”, “no seas aburrida, niña”.

Pararme con una venda en los ojos sosteniendo un palo en la mano y luego seguir indicaciones de un grupo de gente gritona era para mí un absurdo. No solo me sentía expuesta siendo el centro de las miradas, sino torpe. Que si a la izquierda o a la derecha, que si arriba o si abajo. Nunca atiné a darle a ninguna. ¿Cuántas veces habré pasado a darle a una piñata? Unas tres o cuatro veces.

Las pocas ocasiones en las que pasé, opté por hacer trampa. Aprovechándome de las concesiones que se les hacen a las niñas (seres débiles que precisan de prerrogativas), le pedía a la persona que me vendaba que no me ajustara el trapo y así me zafaba la venda de los ojos. El objetivo principal era no parecer tonta buscando la piñata cuando me dieran el garrote y la orden de aporrearla. La molestia que me provocaba eso me la desquitaba dando golpes imaginarios porque a la piñata con costo y la rozaba.

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Nicaragua: ¿es cierto que los jóvenes de hoy son apáticos a la política?

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Por Matilde Córdoba

Un par de semanas atrás el sitio web del semanario Confidencial publicó un artículo que provocó un acalorado debate entre los jóvenes y algunos adultos y no tan adultos. Abordaba algunos de los hallazgos del estudio Masculinidad hegemónica en los jóvenes posrevolución  —realizado por la periodista Sofía Montenegro, del Centro de Investigaciones de la Comunicación (Cinco)— entre los que destacaba el escaso interés de la juventud actual por la política. Las reacciones fueron inmediatas. Artículos con explicaciones y reclamos fueron y vinieron en distintos medios digitales y en las redes sociales.

“Nos tildan de “individualistas” porque valoramos la educación como una forma de salir adelante y aportar al país (eso es acción política, pero no la que quieren reconocer como tal ahora)… Nos llaman pasivos porque nuestros padres nos han recomendado hasta el cansancio que no vale la pena solo concebir la idea de comprometerse a un proyecto armado en contra de un gobierno”, fue parte de lo escribió Ernesto Rogelio Valle Moreno en un artículo publicado en la comunidad de bloggers Política Mente Incorrecto a modo de respuesta.

Ese fue una de las primeras reacciones, pero luego vinieron muchas más, entre esas la del caricaturista Pedro X. Molina, quien dedicó una caricatura al tema y luego escribió un artículo respondiendo a las críticas de los jóvenes.

Convencida que el tema nos atañe a todos, entrevisté a Sofía Montenegro para que ahondara más sobre la investigación y respondiera a los cuestionamientos. A continuación la conversación con ella.

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