Mi historia con las piñatas

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Fábrica de piñatas en Managua/Foto cortesía de Bismarck Picado.

Por Matilde Córdoba

Hoy no es un día de confesiones pero yo haré una: me caían mal las piñatas. Participar en una era para mí un compromiso social poco gratificante. Llegaba a las fiestas y me sentaba esperando que a nadie se le ocurriera la grandiosa idea de invitarme a aporrear la piñata. Luego que me invitaban (porque siempre lo hacían), respondía con un no, sonreía con indiferencia y suplicaba en silencio para que no insistieran, pero sobraba quien lo hacía creyendo que así se congraciaba conmigo. “Andá Matildita”, “no seas aburrida, niña”.

Pararme con una venda en los ojos sosteniendo un palo en la mano y luego seguir indicaciones de un grupo de gente gritona era para mí un absurdo. No solo me sentía expuesta siendo el centro de las miradas, sino torpe. Que si a la izquierda o a la derecha, que si arriba o si abajo. Nunca atiné a darle a ninguna. ¿Cuántas veces habré pasado a darle a una piñata? Unas tres o cuatro veces.

Las pocas ocasiones en las que pasé, opté por hacer trampa. Aprovechándome de las concesiones que se les hacen a las niñas (seres débiles que precisan de prerrogativas), le pedía a la persona que me vendaba que no me ajustara el trapo y así me zafaba la venda de los ojos. El objetivo principal era no parecer tonta buscando la piñata cuando me dieran el garrote y la orden de aporrearla. La molestia que me provocaba eso me la desquitaba dando golpes imaginarios porque a la piñata con costo y la rozaba.

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Nicaragua: ¿es cierto que los jóvenes de hoy son apáticos a la política?

JOVENES MEDIA CUARTILLA

Por Matilde Córdoba

Un par de semanas atrás el sitio web del semanario Confidencial publicó un artículo que provocó un acalorado debate entre los jóvenes y algunos adultos y no tan adultos. Abordaba algunos de los hallazgos del estudio Masculinidad hegemónica en los jóvenes posrevolución  —realizado por la periodista Sofía Montenegro, del Centro de Investigaciones de la Comunicación (Cinco)— entre los que destacaba el escaso interés de la juventud actual por la política. Las reacciones fueron inmediatas. Artículos con explicaciones y reclamos fueron y vinieron en distintos medios digitales y en las redes sociales.

“Nos tildan de “individualistas” porque valoramos la educación como una forma de salir adelante y aportar al país (eso es acción política, pero no la que quieren reconocer como tal ahora)… Nos llaman pasivos porque nuestros padres nos han recomendado hasta el cansancio que no vale la pena solo concebir la idea de comprometerse a un proyecto armado en contra de un gobierno”, fue parte de lo escribió Ernesto Rogelio Valle Moreno en un artículo publicado en la comunidad de bloggers Política Mente Incorrecto a modo de respuesta.

Ese fue una de las primeras reacciones, pero luego vinieron muchas más, entre esas la del caricaturista Pedro X. Molina, quien dedicó una caricatura al tema y luego escribió un artículo respondiendo a las críticas de los jóvenes.

Convencida que el tema nos atañe a todos, entrevisté a Sofía Montenegro para que ahondara más sobre la investigación y respondiera a los cuestionamientos. A continuación la conversación con ella.

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¿Cómo llegar a los 99 leyendo periódicos cada mañana?

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Por Matilde Córdoba

Diez meses atrás murió su hermano menor. Cuando le comunicaron la noticia, ella pidió que buscaran el vestido blanco que tenía guardado para la ocasión. No hubo llanto ni reclamos a Dios. Como todos, él, a quien había amado, cuidado desde que era un niño y visto como a un hijo, debía morir. “Si el señor Jesús murió, ¿cómo no vamos a morir nosotros?”, suele decir ella.

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Un año de Media cuartilla 

STORIES

Por Matilde Córdoba

Media cuartilla nació después de la Semana Santa de 2015. Yo tenía el pie enyesado por  un esguince y la preocupación de tener tanto tiempo libre, mucho calor y muchos programas televisivos que ver. Eso provocó que retomara la vieja idea de escribir en un blog. Contacté a la Mildred Largaespada y le pedí ayuda. Ella me mandó a reflexionar y tomó, como toma todo, muy en serio la tarea. Pensá en un nombre o en varios, mirá los diseños y nos reunimos mañana por skype, me orientó en principio. En esas estuve varios días y después de varios encuentros por skype con la Mildred, llegué a la parte más difícil: pensar sobre qué escribir, así que hice una presentación que pocos leyeron y el 25 de mayo de 2015 escribí la primera entrada formal: la historia sobre la muerte de una niña en un avión de La Costeña. La niña muerta la titulé. Yo estuve ahí cuando sucedió todo. Esa primera entrada tuvo 526 visitas en las primeras 10 horas.

Desde esa primera entrada hasta ahora he publicado 26 escritos sobre temas diversos que han tenido como característica en común mi experiencia. Es decir, he estado de metida en casi todos los escritos, así fuesen sobre el acoso callejero, sobre León, sobre la guerra y hasta sobre el famoso envenenador Oliverio Castañeda (en esa última entrada conté que mi bisabuela fue una de las que lo creía inocente y acudía al juicio solo para escucharlo hablar). En el blog he publicado también un par de entrevistas y he escudriñado en mi niñez y hasta en mis traumas.

Hasta hoy Media Cuartilla ha tenido 18,924 visitas. Los lectores provienen en primer lugar de Nicaragua y luego de Estados Unidos. Le siguen los de México, España, Costa Rica, Canadá, los Países Bajos, Panamá y Colombia. No sé quién me lee en la India, Vietnam y Nigeria, pero el año pasado registré cuatro visitas en cada uno de esos países. En 2015 los visitantes llegaron desde 56 países. Este año tengo registradas tres visitas desde Australia, una en Andorra y cuatro en Irlanda por mencionar tres zonas distantes entre los 55 países que registran las estadísticas de 2016. Me gustaría saber quiénes son esos lectores.

Media Cuartilla llega a 130 direcciones de correo electrónico, pero suelo interactuar solo con unos pocos. Todas las entradas han sido pensadas con anticipación. Han sido hechas y rehechas. Antes escribía al salir del trabajo y concluía los domingos, ahora termino los viernes. En ocasiones un par de amigos las leen antes que sean publicadas.

¿Sobre qué le gusta leer a la gente? Pues los gustos son diversos. La entrada más leída se llama Sobre esos que quedaron en la montaña sin tumba y sin gloria. Esta cuenta la historia de un chavalo que murió mientras hacía su Servicio Militar Obligatorio. A su mamá le entregaron el cadáver equivocado y 30 años después pudo hallarlo. Entrevisté a su hermano, Francisco Alvarenga, quien escribió una novela. En un día esta entrada alcanzó las 1900 visitas, un récord que hasta entonces ostentaba una entrada sobre León, mi León. Esta también ha sido una de las más comentadas: 24 comentarios. Ese mismo número de intervenciones tiene la de León. La segunda más comentada es una que se llama Los primeros de mi familia. Creo que en este caso todos los comentaristas son parientes míos.

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El mito de Oliverio Castañeda

LA TUMBA

Por Matilde Córdoba

Soy Gregorio Reyes, panteonero desde los once años. En ocasiones improviso y me convierto en guía turístico. Así como ando, con zapatos viejos y sin calcetines, a veces sucio y cargando un balde y una pala, sigo a los despistados que se aparecen por aquí buscando la tumba del famoso envenenador. Esta tarde de sábado, nublada y como siempre calurosa, estaba sentado con otros tres amigos debajo de un frondoso nim que está en la calle principal del cementerio cuando de pronto se detuvo un vehículo chiquito, de esos que ahora abundan aquí en León porque dicen que son económicos.

Bajaron el vidrio de adelante y preguntaron:

—¿De casualidad saben dónde está la tumba de Oliverio, de Castañeda?

Era una muchacha. Supe después que era periodista porque hacía muchas preguntas.

—En la tercera calle doble a la izquierda, al tope, junto a una tumba de verjas negras. No se pierde— contestamos los tres casi al mismo tiempo, señalándole con el dedo.

Pero se perdió. Casi siempre se pierden. Logré ver el carrito desde lejos y me monté en mi bici. La seguí junto a uno de los chavalos que me acompaña siempre, uno que también vive en el barrio, aquí nomás en Guadalupe. Ya había llegado al tope y estaba enderezando el carro, por lo que le pedimos que nos siguiera y así lo hizo. Nos detuvimos a pocos metros.

—Esta es, bájese— le sugerí, mientras le señalaba la losa blanca que tiene inscritas las palabras que ella miró toda alegre: “Dr. Oliverio Castañeda. 7 Julio, 1936”. Sobre la losa hay también una lápida, otra fecha (7 junio, 1936) y un versículo: “Mía es la venganza”. Hebreos 10:30.

Se quedó un rato viéndola, como hacen todos. Así pasó con una chinita que vino hace poco. Cargaba el libro que escribieron sobre él y pidió que la trajéramos. Me dejó cien pesos porque le estuve contando cómo vienen aquí los estudiantes de psicología y los de derecho y se paran frente a la tumba para cuchichear entre sí. A esta periodista le conté lo de la china y también lo de los cien pesos.

—La otra vez vino un gringo, traía un libro autografiado por el que lo escribió. Ese que lo escribió también vino y se hizo fotos.

—¿Y quiénes más vienen?—preguntó ella.

—También vino el Canal 10 y un picadito le dijo un poco de locuritas. Le habló de una viuda que viene a enflorar la tumba. Puras locuritas esas.

—Dicen mucho eso, que viene una mujer, que siempre está enflorada la tumba—insistió la muchacha.

Así que le aclaré que no, que eso no es cierto y le conté que desde chavalo me manejo en el panteón. Que antes sí solía venir con alguna regularidad una señora que vivía en el extranjero y que creo que vivía en Miami, pero ya ha de estar bien viejita porque hace mucho no viene. Parecía que había sido estudiante de él.

Al decirle eso ella me quedó viendo con cara de que no me creyó y se puso a tomar fotos. Cuando terminó de hacerlo le conté que una vez le vendí el libro que escribieron sobre Castañeda a un extranjero que se apareció aquí buscando la tumba.

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Lo que el güegüe me enseñó

UN GUEGUE1

Por Matilde Córdoba

Poco después de accidentarme junto con mi tía Mirna aquel 6 de enero de 1990 recibí un regalo: el cuento infantil Un güegüe me contó. Me lo llevó alguien que llegó a visitar a mi abueli a León después de la muerte de mi tía. Antes de escribir esto le pregunté a mi mamá quien había sido. Dijo que María Hamlin. “Era amiga de Mirna”, añadió.

Los meses posteriores a la muerte de mi tía me atribulé con pensamientos nada típicos en una niña de cinco años. Nadie había podido explicarme bien cómo es que ella había muerto. Las pocas preguntas que hice entonces no pudieron ser respondidas. Creo que entonces asenté algunos rasgos muy característicos en mi personalidad, como la de callar más y hablar menos. En esos momentos de silencio encontré paz en el libro. Me intrigaban los cuerpos desnudos de las personas ahí retratadas, sonreía viendo cómo le colgaban las chichas a las mujeres ilustradas. Volteaba las páginas y me quedaba ida frente a las huellas pintadas en las páginas del libro —las huellas de Acahualinca—.

“Un día malo, hace ya como quinientos años,

hombres de casco y coraza, encaramados en caballos,

con armas de hierro que volaban pólvora,

llegaron a Nicaragua para robar el oro de los templos

y el de los brazaletes…”.

Extracto de Un güegüe me contó

Unos años atrás fui a entrevistar a María López Vigil a su oficina en Nitlapán y me encontré con el libro expuesto en una vitrina ubicada en la recepción, ¡qué gran alegría fue aquella! Yo me sabía única por haber tenido ese libro. Pensaba que solo yo lo tenía. Supe hasta ese momento que mi entrevistada era además su autora y con gran entusiasmo le conté que el libro había sido algo así como una fuente de tranquilidad para mí. Con pena le confesé que nunca lo había leído.

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¿Tenemos todos un poquito de Ricardo Mayorga?

 

 

PORTADA QHUBO

Por Matilde Córdoba

Asistimos al último espectáculo de Ricardo Mayorga. Vimos un video en el que sale robándose un celular con la experticia de la mejor ganchera, escuchamos luego las declaraciones de su abogado, Carlos Mario Peña, asegurando que el exboxeador estaba guardándose el aparato en la bolsa trasera de su short. Luego lo escuchamos a él diciendo que no tiene necesidad de robarse un celular porque “¡celulares son lo que más le sobran!”. Volvimos a ver el video (solo en la web de El Nuevo Diario las cuatro notas acerca de esto tuvieron 60,000 visitas en un día) y nos quedamos, como siempre, debatiendo sobre la vulgaridad y los excesos del que un día fue el campeón de las 147 libras de la AMB y el que noqueó a Vernon Forrest.

A Mayorga lo acusaron por violación poco antes de su pelea contra Félix Trinidad en septiembre de 2004, pero antes ya había ido a los juzgados acusado por los delitos de amenazas y lesiones. El año pasado lo vimos en la tele manoseándole las nalgas a la novia de Shane Mosley y luego observamos con detenimiento un video grabado por unos transeúntes en el que salía durmiendo en aparente estado de ebriedad. Todo lo que huele a Mayorga genera visitas en las páginas web, rating y controversia. Me explicaba el colega Carlitos Alfaro que Mayorga ha sido experto en mercadear sus peleas. Cuando se enfrentó a De La Hoya, a Vargas, a Mosley y a Cotto fueron llenos totales porque él “con su estilo de chico malo motivaba a la gente a pagar el PPV”. Dicen los consabidos en el tema que técnica nunca tuvo pero que era fuerte, que aguantaba y que golpeaba. Más recientemente popularizó las artes marciales mixtas en el país. Ahí estábamos todos viéndolo hacer el ridículo. Para quejarnos, para vulgarearlo o para mostrar pesar, pero estuvimos frente a la tele.

Por eso entonces convendría que nos preguntáramos qué tanto tenemos todos de Mayorga y en qué medidas hemos contribuido a hacer de él lo que hoy es. Yo iría más allá y preguntaría por qué en su mayoría los deportistas nicas no son responsables con la fama que llevan a cuestas y por qué vivimos tratándolos con guantas de seda.

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