Puntadas para la memoria

Matilde blog
El camisón fue bordado durante dos meses. En la imagen está Matilde, mi abuela materna. 

Por Matilde Córdoba

Hilvanar, meter la aguja en la tela y pasar el hilo. Cuidar la puntada y la forma. Cuidarse.

El camisón tiene bordado un árbol con ocho ramas. Una por cada hijo e hija de mi abuela materna. Cuatro por los que ya no están. Otras cuatro por las que aún viven. Una flor para cada uno/a.

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Relatos desbordados

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Ni una menos, pieza de María Alejandra Aguilar Novoa. 

Quince mujeres desconocidas se juntaron para bordar. En su mayoría llegaron al bordado buscando paz. Otras perseguían sus recuerdos. Unas cuantas querían olvidar.

Con diferentes puntadas, temáticas y experiencias hicieron una rueda. Hablaron, callaron, se acuerparon. Se conocieron gracias a la artista Aida Castil, su mentora, y ahora sus piezas han sido expuestas.

Estos son sus testimonios.

“Bordar tiene un efecto de alivio”

Alisson Cardoza ama a los gatos pero no tiene ninguno, dibuja por placer, estudió marketing y le gusta aprender de forma autodidacta.

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Pieza titulada Habitación. Autora: Alisson Cardoza, de Cardo Bordado a mano.

Bordar me alivia. No importa lo que borde, si estoy ansiosa, preocupada o triste, un par de horas bordando me ayudan a enfrentar el problema y a pensar en una solución. También es una conversación conmigo misma. Me da el valor de preguntarme qué está pasando, qué está generándome intranquilidad.

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La misoginia mató a una niña de 12 años llamada Yesbeling

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Arte realizado por Paulette Franceríes Galo con el que se convoca a la marcha por el 8 de marzo. La imagen es de Yesbeling. 

Por Matilde Córdoba

A Yesbeling le faltaban 18 días para cumplir 12 años cuando fue secuestrada el 24 de noviembre de 2017. Estudiaba quinto grado y vivía en una comunidad de Pueblo Nuevo, Estelí, llamada Los Llanos II, donde habitan unas 900 personas y la pobreza extrema afecta a casi el 50% de sus habitantes.

La primera noticia que tuvimos sobre ella cayó en los correos la tarde del primero de febrero. El periodista esteliano Máximo Rugama informaba sobre el caso. Ahora releo un extracto: Flor Adelina Espinoza Calero, la madre de Yesbeling María Espinoza Calero, no come ni duerme. Tampoco puede contener el llanto. Asegura que con ayuda de la Policía Nacional ha buscado a la niña por todas partes y la llama por teléfono de manera insistente, pero no ha podido ubicarla ni comunicarse con ella. Teme que le haya ocurrido algo malo.

 Lo peor ya había ocurrido.

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¿Cómo te ve tu hombre?

DAISY ZAMORA
La poeta Daisy Zamora. Foto cortesía de Marta Leonor González

Por Matilde Córdoba

Para que un poema valga la pena, dice Daysi Zamora, debe provocar una reflexión o un pensamiento crítico. Es esto lo que sucede con los 60 poemas contenidos en  Cómo te ve tu hombre (Diccionario de Bolsillo para Mujeres), publicado bajo el sello editorial de 400 Elefantes.

El libro es contundente, cuestiona la doble moral, la violencia de género, los matrimonios sostenidos por el silencio y sacrificio de las esposas. Cada verso te zarandea y obliga a pensar en esas distintas realidades que vivimos las mujeres.

“Mis poemas buscan revelar una verdad que pueda ser aplicada de manera universal, eso es todo. No pueden leerse literalmente ni son únicamente experiencias personales y por lo tanto confesionales, nada de eso”, cuenta Zamora en esta entrevista.

Una mujer se casó, tuvo hijos

y se empeñó en ser feliz.

 

Hasta que un día

(nunca se sabe cuándo, pero sucede)

escudriñó su corazón a fondo.

 

Palpó las cicatrices:

comprobó los estragos,

la desolación,

los esfuerzos estériles,

la ruina.

 

Cuando tenía que llorar lloró.

 

Hizo acopio de fuerzas:

juntó a sus hijos,

empacó unas pocas cosas,

puso a flote su barco,

levó anclas,

zarpó.

¿Cuántas  jóvenes, adultas, amas de casa, profesionales, madres han tenido que zarpar?

Zamora, poeta y ensayista nicaragüense,  y quien ha publicado al menos nueve libros de poesía, actualmente reside en EE.UU., enseña Latino Literature y Central American Literature en San Francisco State University, y llegó al país para presentar el libro.

Me gustaría empezar por el poema Cuando las veo pasar: qué sentirán ellas, las que decidieron ser perfectas conservar\ a toda costa sus matrimonios no importa cómo les haya resultado\ el marido (parrandero mujeriego jugador pendenciero gritón…). ¿Cómo nace este poema y de paso cuénteme cómo nace el libro?

“Cuando las veo pasar” nace sencillamente de observar la realidad que la mayoría de las mujeres viven o han vivido en su vida matrimonial. Creo que ha de ser bastante acertado lo que el poema dice, porque cada vez que he escogido leerlo en un recital es sorprendente comprobar el efecto que provoca entre el público de mujeres, muchas de las cuales después se acercan a decirme que se han visto retratadas en todo lo que allí digo, o que así es o fue la vida de la madre, la hermana, la prima, la tía, o de una amiga, etc. Siempre tengo esta experiencia cuando leo “Cuando las veo pasar”, y si los maridos también están presentes, las mujeres llegan a decírmelo muy discretamente, como si estuvieran hablando de otra cosa. Recuerdo, por ejemplo, una vez que leí ese poema en León ante un público que parecía muy tradicional porque había un número considerable de señoras mayores. Sin embargo, fueron ellas quienes más aplaudieron, y en cuanto terminó el recital, varias llegaron a darme las gracias porque sentían que ese poema las reivindicaba. Ese poema, que está también en la red, veo que recibe bastantes comentarios por el estilo de los que he señalado antes.

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#SiMeMatan

Por Matilde Córdoba

#SiMeMatan no podrán decir que acostumbraba a trasnochar, que me drogaba y que era tomadora. Sí podrán decir que salía sola, que me ponía faldas, que contradecía a los hombres, que era feminista (ese término no les gusta), que solía ser metida e intentaba sensibilizar a otras mujeres sobre la violencia machista y que siempre estaba insistiéndole a mis colegas periodistas que no era importante saber si el violador o femicida estaba ebrio, que eso solo los justificaba.

Podrán decir también que era radical y recordarán lo que contesté cada vez que oí esa maldita pregunta que surge después de un femicidio: “¿y es que la mató porque andaba con otro?”. Y recordarán también que siempre endurecía el rostro y contestaba de mala forma: la mató porque se creía dueño de su cuerpo y de su vida.

#SiMeMatan me pasará lo de Micaela, la argentina; lo de Lesby, la mexicana por quien ahora escribo; o lo de Lucero, la nica a la que su expareja asesinó en la entrada de su casa la madrugada del domingo 30 de abril. Saldrá más de alguno o alguna tratando de hacerme responsable de mi propia muerte, intentando comprender qué pude haber hecho para que me pasara esto. Sobrarán los motivos para criminalizarme.

Miles de mexicanas están ahora especulando en las redes sociales qué dirían de ellas si las asesinaran. Usan el hashtag SiMeMatan. Lo hace a raíz de la muerte de Lesby Berlín Osorio, de 22 años, estrangulada con un cable de teléfono en México D.F. esta semana.Leer más »

#MiPrimerAcoso

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Esta imagen se publicó en el diario La Izquierda, de Chile, cuando se aprobó un proyecto de ley que sanciona el acoso sexual callejero.

Por Matilde Córdoba

¿Recordás cuándo fue la primera vez que un hombre te acosó en la calle? A Tammy, 27 años, se le dificulta recordarlo. A Jennifer, de 17 años, también. A Mary, de 15, no. Ocurrió cuando tenía seis años, iba con su madre, un tipo le gritó “amorcito, ¡qué ricas estás!”. Ambas caminaron más rápido sin voltear a ver al agresor.

¿Hacemos todas el ejercicio de recordar?

Tammy, 27 años:

Es fácil recordar los más agresivos y asquerosos. El tipo que se sacó el pene y lo sacudió cuando pasó a mi lado en una calle de Managua, era de tarde y pasaban vehículos por el lugar, o el que cuando iba camino al colegio pasó al lado mío y se acercó tanto que casi me besa. ¡Ah! Y aquellos de lo más asquerosos y enfermos, en los que te dicen lo que te harían “en esa boquita, en ese…”. Así es como uno empieza a sentirse “cosa”, avergonzada, humillada en la calle por cualquier pendejo que se siente con el derecho de opinar sobre tu cuerpo, de morbosearte de la manera más descarada, de quererte tocar o de hacerlo. Hago un ejercicio para recordar y me doy cuenta que los primeros acosos a los que estuve expuesta no eran para mí, sino contra mi mamá o mi tía, con quienes yo iba de compras, a la escuela o de paseo. A veces ellas no les decían nada porque en ocasiones era en lugares más o menos peligrosos y asumo que temían que el acosador reaccionara de manera agresiva y que era mejor aligerar el paso.  Recuerdo también que las primeras veces que los hombres empezaron a decirme “cosas” yo iba también con ellas. Nunca pasaba cuando iba con mi papá, tío o hermano. Nunca. Tampoco me ha pasado cuando voy con mi novio. Vaya que estos ‘hombres’ respetan a los hombres. Desde la adolescencia mi familia evitaba que yo pasara por lugares donde había concentración masculina para no exponerme a una jauría de perros.

No importaba si era camino a la escuela, en el mercado, en la calle, en el bus, los acosadores estaban y siguen estando por todos lados. No importa que seás la mujer de curvas despampanantes o la chavala que apenas está empezando la pubertad, todo es que seás mujer, vagina entre las piernas, para que ellos se adjudiquen el derecho de opinar, disponer, rozar o tocar nuestros cuerpos.

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“El modelo de madre que se fomenta exige que las mujeres renuncien a todo o a casi todo”

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Por Matilde Córdoba

A mi edad, 32 años, mi madre ya tenía cuatro hijos. En los años ochenta y noventa ella se la pasó revisando tareas, haciendo malabares con su escuálido salario, yendo a reuniones en las escuelas y acompañándonos a citas médicas. Estudió durante cinco años una carrera universitaria y nunca se volvió a casar. No la recuerdo trasnochando, a menos que fuese porque estaba estudiando, ni permitiéndose lujos. Estoy convencida que hubiese sido más exitosa de lo que es hoy si no hubiese dedicado más de la mitad de su vida a criarnos. Seguramente también tendría dinero, bienes, qué sé yo.

Veo a mi madre y su sacrificio y me pregunto si quiero eso para mí. En ocasiones la respuesta es sí (porque tiene buenos hijxs) y en otras, la mayoría, es no. No quiero desvelarme por un bebé, tampoco quiero que mi cuerpo cambie por un embarazo, no quiero dejar de disponer de mi tiempo y empezar a velar por alguien más. No quiero pensar en qué escuela estudiará, cuántos idiomas deberá aprender ni en qué mundo vivirá.

Hay circunstancias, en cambio, en las que me pregunto qué será de mí cuando llegue a los 50 o 60, si acaso llego, y entonces me convenzo en que sí debo ser madre. Esto, como lo explica más adelante la socióloga y feminista María Teresa Blandón, tiene que ver con la desolación femenina.

Empecé esta entrada tras leer la investigación de Milagros Romero titulada Maternidades feministas: experiencias y reflexiones en construcción, en la que analiza las implicaciones que tiene la maternidad para jóvenes feministas y qué influencia tiene el feminismo en el ejercicio de la maternidad.

Milagros Romero apunta en su investigación que “esa tarea de cuidar, criar, educar, atender necesidades y llevar a la vida adulta a otro ser humano no debe ser solo tarea de las mujeres, pero en vista de lo bien que le cae al patriarcado que así sea, toda la sociedad se ha acomodado para que esto no cambie”.

Agrega que “esa exclusividad y sobrecarga de tareas no solo recaen en las mujeres madres no feministas, se trata de una realidad en la que todas estamos”.

Pensé en que hablar sobre la investigación no sería suficiente si no entrevistaba a alguien que haya problematizado el tema de la maternidad, así que busqué a María Teresa Blandón, quien explicará detalladamente por qué se cuestionan los fundamentos de la maternidad, el exigente modelo de madre que predomina, la presión social alrededor del tema y cómo medimos con una vara a los padres y con otra a las madres.

Como no hay una única razón por la que las mujeres son madres, entrevisté a mujeres de distintas edades y segmentos socioeconómicos para que cuenten por qué decidieron ser mamás (ver video).

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