Las mujeres que se reinventan por el cambio climático

cultivos
Cultivo de maíz en la parcela de Yokasta Calero, en San José de Pire, Condega, Estelí.

Por Matilde Córdoba

En los primeros días de septiembre Yokasta Calero, agricultora de San José de Pire, una comunidad ubicada en las profundidades de Condega, en el corredor seco del país, tiene previsto sembrar dos manzanas de frijoles y de sorgo. En sus manos tiene un informe meteorológico para los próximos quince días. Sabe cuánto será la velocidad del viento, la humedad relativa, las temperaturas máximas, mínimas y medias; la radiación solar, la cantidad de lluvia que caerá y con qué intensidad.

Esta información le fue proporcionada por una de las 12 estaciones meteorológicas que han sido instaladas en comunidades de algunos de los municipios de Estelí y Madriz. Una de estas se encuentra en una parcela propiedad de Yokasta, quien tiene 40 años y es madre de dos mujeres y un varón.Leer más »

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El mito de Oliverio Castañeda

LA TUMBA

Por Matilde Córdoba

Soy Gregorio Reyes, panteonero desde los once años. En ocasiones improviso y me convierto en guía turístico. Así como ando, con zapatos viejos y sin calcetines, a veces sucio y cargando un balde y una pala, sigo a los despistados que se aparecen por aquí buscando la tumba del famoso envenenador. Esta tarde de sábado, nublada y como siempre calurosa, estaba sentado con otros tres amigos debajo de un frondoso nim que está en la calle principal del cementerio cuando de pronto se detuvo un vehículo chiquito, de esos que ahora abundan.

Bajaron el vidrio de adelante y preguntaron:

—¿De casualidad saben dónde está la tumba de Oliverio, de Castañeda?

Era una muchacha. Supe después que era periodista porque hacía muchas preguntas.

—En la tercera calle doble a la izquierda, al tope, junto a una tumba de verjas negras. No se pierde— contestamos los tres casi al mismo tiempo, señalándole con el dedo.

Pero se perdió. Casi siempre se pierden. Logré ver el carrito desde lejos y me monté en mi bici. La seguí junto a uno de los chavalos que me acompaña siempre, uno que también vive en el barrio, aquí nomás en Guadalupe. Ya había llegado al tope y estaba enderezando el carro, por lo que le pedimos que nos siguiera y así lo hizo. Nos detuvimos a pocos metros.

—Esta es, bájese— le sugerí, mientras le señalaba la losa blanca que tiene inscritas las palabras que ella miró toda alegre: “Dr. Oliverio Castañeda. 7 Julio, 1936”. Sobre la losa hay también una lápida, otra fecha (7 junio, 1936) y un versículo: “Mía es la venganza”. Hebreos 10:30.

Se quedó un rato viéndola, como hacen todos. Así pasó con una chinita que vino hace poco. Cargaba el libro que escribieron sobre él y pidió que la trajéramos. Me dejó cien pesos porque le estuve contando cómo vienen aquí los estudiantes de psicología y los de derecho y se paran frente a la tumba para cuchichear entre sí. A esta periodista le conté lo de la china y también lo de los cien pesos.

—La otra vez vino un gringo, traía un libro autografiado por el que lo escribió. Ese que lo escribió también vino y se hizo fotos.

—¿Y quiénes más vienen?—preguntó ella.

—También vino el Canal 10 y un picadito le dijo un poco de locuritas. Le habló de una viuda que viene a enflorar la tumba. Puras locuritas esas.

—Dicen mucho eso, que viene una mujer, que siempre está enflorada la tumba—insistió la muchacha.

Así que le aclaré que no, que eso no es cierto y le conté que desde chavalo me manejo en el panteón. Que antes sí solía venir con alguna regularidad una señora que vivía en el extranjero y que creo que vivía en Miami, pero ya ha de estar bien viejita porque hace mucho no viene. Parecía que había sido estudiante de él.

Al decirle eso ella me quedó viendo con cara de que no me creyó y se puso a tomar fotos. Cuando terminó de hacerlo le conté que una vez le vendí el libro que escribieron sobre Castañeda a un extranjero que se apareció aquí buscando la tumba.

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¿Quién defiende a las que nos defienden?

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Por Matilde Córdoba

A Cecilia Torres la mató un maestro. “Mire, doña Cecilia, vengo a arreglar con usted”, le dijo el hombre momentos antes de meterle el cuchillo en el estómago. Ella había luchado incansablemente durante tres años para conseguir la pensión de alimentos para su nieta y lo había logrado, pero el maestro no había cumplido con entregar los C$600 estipulados por un juez. Antes que la asesinara, ella había instado a su hija a que lo demandara por incumplimiento de deberes alimentarios y así había sido.

La mujer, oriunda de Caratera, La Dalia, era una partera, brigadista de salud, activista del Cenidh y también miembro de la Red de Mujeres del Norte. “¿A qué reuniones no iba la Cecilia? A todas. La recuerdan siempre buscando cómo ayudar a los demás y en especial a las mujeres. La recuerdan valiente, decidida: no tenía miedo a hablar, en cualquier reunión siempre estaba dispuesta a compartir experiencias”, dice un artículo publicado en la revista Envío en diciembre de 2007, año en que fue asesinada Cecilia, que fue escrito por el Grupo Venancia.

El caso de Cecilia, uno de los 60 femicidios registrados ese año, lo trae a la plática Jamileth Vallejos para describir los riesgos a los que están expuestas las mujeres dedicadas a defender nuestros derechos. Ella pertenece a la Red de Mujeres del Norte y conoce en carne propia estos riesgos. Una vez un hombre armado la llegó a buscar cuando se encontraba acompañando a una mujer que había sido violada.

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Sobre esos que quedaron en la montaña sin tumba y sin gloria

Por Matilde Córdoba

Su hermano era un chavalo curioso, gordito, que tocaba la guitarra y había aprendido inglés de manera autodidacta. A los quince años soñaba con escribir el guión de una película. Se llamaba Róger. Un día de 1984 salió a clases, al Instituto Elvis Díaz, en Managua, y no regresó más.

“Mi madre se desesperó y pasó días buscándole sin resultados. Nadie sabía de él”, recuerda Francisco Alvarenga Lacayo, autor de la novela Sin nombre ni gloria.

Desde Holanda, donde Alvarenga Lacayo reside desde hace diez años, cuenta que supieron de su hermano por medio de una carta que él mismo escribió. “Decía que estaba en Pantasma, Jinotega, prestando su Servicio Militar Patriótico. Mi madre se alegró al saber que estaba vivo y a la vez se entristeció al enterarse de que su hijo de apenas quince años estuviese en la guerra”.

Meses después lo trasladaron  a una base militar y desde entonces perdieron contacto con él. “El cinco de diciembre de 1984 un par de militares llegaron a nuestra casa. Nos dijeron que Róger había caído en combate”, prosigue.

Sin embargo la familia recibió un cadáver equivocado. “Mi madre desesperada se movilizó hasta las montañas en busca del BLI Rufo Marín, en el que él estaba. Allí consiguió información de los caídos el dos de diciembre del 84 y con la astucia de una loba, logró localizar el lugar exacto donde había sido entregado y sepultado, pero en Managua le prohibieron seguir buscando respuesta y la amenazaron”.

Fue hasta en 2013 que lograron identificar el lugar donde fue enterrado. Había sido sepultado por otra familia en San Ramón, Matagalpa.

“Cuando tenía unos veinte años y a petición de mi madre, empecé a investigar por medio de exmilitares y de excontras. Entrevisté a más de cien personas”, relata Alvarenga Lacayo.

“A veces después de entrevistar a alguien me retiraba del lugar, me sentaba en cualquier lado y empezaba a llorar”, confiesa durante una entrevista por teléfono.

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