Mi historia con las piñatas

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Fábrica de piñatas en Managua/Foto cortesía de Bismarck Picado.

Por Matilde Córdoba

Hoy no es un día de confesiones pero yo haré una: me caían mal las piñatas. Participar en una era para mí un compromiso social poco gratificante. Llegaba a las fiestas y me sentaba esperando que a nadie se le ocurriera la grandiosa idea de invitarme a aporrear la piñata. Luego que me invitaban (porque siempre lo hacían), respondía con un no, sonreía con indiferencia y suplicaba en silencio para que no insistieran, pero sobraba quien lo hacía creyendo que así se congraciaba conmigo. “Andá Matildita”, “no seas aburrida, niña”.

Pararme con una venda en los ojos sosteniendo un palo en la mano y luego seguir indicaciones de un grupo de gente gritona era para mí un absurdo. No solo me sentía expuesta siendo el centro de las miradas, sino torpe. Que si a la izquierda o a la derecha, que si arriba o si abajo. Nunca atiné a darle a ninguna. ¿Cuántas veces habré pasado a darle a una piñata? Unas tres o cuatro veces.

Las pocas ocasiones en las que pasé, opté por hacer trampa. Aprovechándome de las concesiones que se les hacen a las niñas (seres débiles que precisan de prerrogativas), le pedía a la persona que me vendaba que no me ajustara el trapo y así me zafaba la venda de los ojos. El objetivo principal era no parecer tonta buscando la piñata cuando me dieran el garrote y la orden de aporrearla. La molestia que me provocaba eso me la desquitaba dando golpes imaginarios porque a la piñata con costo y la rozaba.

Me acordé de todo esto en la fiesta por la primera comunión de mis sobrinitos, en la que me descubrí bailando una canción de Xuxa que seguramente nunca bailé en ninguna piñata (es la hora/ es la hora/ es la hora… de jugar/ brinca, brinca/ palma, palma).

Mientras yo hacía lo que nunca hice siendo niña porque me daba pena, identificaba en uno de mis sobrinos actitudes muy mías. De pie frente a la piñata él se negaba a reírse mientras le hacían fotos. Con su apariencia de niño serio, igual a la mía, disfrutaba la piñata, digamos, de una forma introvertida. Mientras eso pasaba mi sobrina de seis años se ofrecía para participar en absolutamente todos los concursos que el payaso proponía. “Es idéntica a vos”, se burlaron mis hermanas.

Una vez mi mamá tuvo la grandiosa idea de que mi piñata fuese de un toro con una luna. Yo miraba suficientes caricaturas como para haber escogido un dibujo animado como piñata, pero a ella le fascinaba una canción que hablaba sobre un toro enamorado de una luna y aseguraba que a mí también.

Ella cantaba esa canción con una suerte de nostalgia que a mí me daba tristeza. Y ese toro enamorado de la luna/ que abandona por las noches la manada…, dice parte de la letra que podría resumirse simplemente en cursi. Recuerdo que yo cantaba la tal canción. Seguro me la aprendí porque hubo un tiempo en que ella la escuchaba como por contrato.

Hay varias versiones del Toro enamorado de la luna, pero mi mamá escuchaba la más triste. Justo ahora acabo de oírlas todas. Para escribir este blog le pedí la foto en la que salgo posando junto al toro pero no la encontró. Recuerdo que además del toro, en la foto resaltan mis zapatos ortopédicos, mis cachetes y mi media sonrisa.

En 2014 escribí un reportaje que buscaba explicar las causas de la violencia y los especialistas insistían en que las piñatas son una de esas causas. “Al niño le gusta un osito, entonces en la celebración de su cumpleaños él va a desbaratarlo a palos, lo va a destruir. Muchas veces los niños lloran cuando se quiebra la piñata y los padres no se dan cuenta por qué”, me dijo entonces el psiquiatra Humberto López, y tiene su lógica.

La diversión en las piñatas consiste en aporrear un objeto y desbaratarlo hasta que caiga al piso. Las niñas pasan de primero porque no son las que pegan más fuerte y solo el fuerte físicamente puede llevarse el premio de botarla. Seguro por eso yo nunca gané.

 

 

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5 comentarios en “Mi historia con las piñatas

  1. Cada quien es diferente. Hay unos que le gustan a otros no. En algunas partes donde habemos muchos inmigrantes las piñatas nos ayudan a reconectarnos con nuestras raíces, con nuestra infancia. Se esperan los tiempos de posadas donde se parten piñatas y se pasa la tradición a los niños. A veces se ha usado la piñata como protesta, por ejemplo cuando Trump se expreso tan negativamente de los mexicanos se hicieron muchas piñatas de Trump. Que no escuchen este análisis los gringos pues ya empiezan a prohibir las piñatas , una de las cosas que nos ayuda a recordar de donde venimos. La violencia tiene muchas causas. No hay tradiciones perfectas. Para mi es lo que he recibido y lo aprecio mucho. Tengo unas fotos en la que salís en una piñata mía. No se si las has visto, seguramente no pues no te he etiquetado. Estas con toda la gente del barrio, que no eran precisamente amigos. Ante esto me pregunto quienes disfrutan mas las piñatas los niños o los padres? Siempre aprendemos mucho al reflexionar sobre nosotros mismos y realizar introspección. Siempre un gusto leer tus reflexiones. Me recuerdan muchas cosas.

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    • Hola Lester, regalame esa foto! Y sí, tenés razón, esa parte de nuestra cultura es interpretada desde diferentes ópticas, y en su mayoría evoca alegría. Imagino que para ustedes que están lejos es bonito sentir cerca tantas cosas nicas.

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