Mi tributo al doctor Aguirre

DOCTOR DANILO AGUIRREPor Matilde Córdoba

Durante cuatro horas pasé frente a una página en blanco. Como no podía escribir, releí textos que hablaban de él, editoriales y titulares suyos. Cuando creí que había leído bastante, me puse a ver videos en los que él salía, entrevistas que le hicieron recientemente. Presionada por el cierre rebusqué en mi memoria. Quise recordar todas esas noches y esas tardes en la que después de informarle lo que tenía (casi siempre una noticia política), me explicaba lo que él creía que había detrás de ese suceso. Todo terminaba en una clase de historia, en recuerdos y en anécdotas. Usualmente yo callaba y lejos de hacer comentarios, solía hacerle preguntas que daban pie a que él continuara hablando.

Aunque hurgué en mi memoria no logré escribir ni la primera línea en esas cuatro horas. Pensé entonces en que debía escribir esta entrada, pero tampoco pude. He escrito sobre muchas personas y sucesos desde junio de 2006, cuando publiqué mi primer texto en El Nuevo Diario, y he pasado frente a esa página en blanco infinidades de veces. En ocasiones porque me falta información; porque no tengo claro por dónde empezar y cómo seguir; en algunas porque quiero esmerarme y borro, borro y borro buscando una entrada perfecta; y a veces, por falta de concentración.

Esta vez fue diferente. Tenía que escribir dos páginas de periódico, que con fotos podrían ser unas 2,000 palabras, sobre alguien a quien no solo respeto y admiro, sino alguien a quien quiero. Y esto no sería tan difícil si esa persona no hubiese muerto.

Tenemos listas las biografías de personas importantes para publicarlas cuando mueran. La de él no estaba lista. Yo me hubiese negado a escribirla porque hacerlo sería aceptar su muerte. Personas como él no deberían morir.

Danilo Aguirre, el doctor, como le llamábamos todos los que alguna vez trabajamos con él, fue de quien aprendí en gran medida cómo funciona el periodismo. Aunque he tenido buenos editores en estos nueve años, no he conocido a nadie así de brillante como él. A nadie con su capacidad de análisis ni con sus conocimientos. Nadie que pueda recitar leyes, precisar sucesos históricos, ir más allá de los acontecimientos y claro, titular de la forma cómo él lo hacía.

Recuerdo un primero de mayo. Ya estaba Daniel Ortega en el poder. Fue el primer acto por el Día de los Trabajadores que yo cubría. Llegué sudada, cansada y hambrienta al diario. Era mediodía y él estaba esperándonos para darnos indicaciones. Había escuchado el discurso de Ortega y aunque siempre oía lo que yo tenía que decirle, lo que yo suponía que era la noticia, él siempre sabía más aunque no hubiese estado en el lugar. Recuerdo que ese día, después de escucharme, me dijo: “El titular es este”, y en una papel escrito a máquina de escribir estaba: “Ortega peripatético”.

Era la primera vez que yo escuchaba esa palabra, así que le pedí que me prestara el diccionario pasta roja dura que estaba siempre sobre su escritorio. Se puso a reír, esperó que buscara el significado y aunque ahora no recuerdo su explicación con exactitud, me dijo que la palabra hacía referencia a la Escuela de Aristóteles, que tenía entre sus características el que los discípulos filosofaran y debatieran en las calles o en jardines. Era, dijo, como una escuela ambulante. Ese día Ortega había dado instrucciones a sus ministros en plaza pública. Los había llamado y pedido explicaciones sobre determinadas directrices que antes había dado. Era la primera vez que lo hacía.

Conocí mejor al doctor Aguirre gracias a la cobertura política, a la que él le daba una gran importancia. Cuando hacía una cobertura importante debía ir hasta su oficina y decirle lo que tenía, indicar cuál era la noticia. Cuando llegaba a entregarle algún texto solía contarme anécdotas impublicables sobre personajes de la vida política del país y en esas pláticas terminábamos carcajeándonos o indignándonos.

Por él, a fuerza, escribí mi única crónica de un partido de beisbol. Cubría entonces a Daniel Ortega. En una visita de Hugo Chávez al país, Ortega lo llevó al estadio. Era la final de la liga profesional. Al salir del aeropuerto pensé que mi trabajo había acabado, pero mi editor quiso que fuese también al estadio. Cuando llegué al diario, a las 9pm, pensé que escribiría el texto para una fotonota, pero el doctor estaba esperándome para decirme que tenía toda la contraportada para mí. Insistí, con cara de niña caprichosa que suplica algo, que con costo había entendido el partido gracias al colega Carlitos Alfaro y que era muy probable que si escribía algo, hiciera grandes enredos, pero él, sonriendo, me dijo: “Dale hija, vos podés”. Era su forma de decirme que me apurara, que el cierre estaba cerca y de instarme a no ser miedosa, a no limitarme.

Aunque ahora creo que no debí escribir muchos de los artículos que se publicaron en mi largo paso por la sección Política, soy consciente que gracias a las licencias que tuve entonces, pude desarrollar mi capacidad para escribir crónicas en las que la fina ironía era la característica principal. Él las revisaba. A veces me decía cuál sería su titular en la portada, por dónde debía empezar y cuáles serían los temas que resaltaría en los asteriscos. Otra veces no. En el segundo 19 de julio que me tocó cubrir, me esperó en su oficina para decirme que esperaba una crónica “como a las que vos te gustan escribir”.

De la mano del doctor fui madurando como periodista. Tenía él una sonrisa tierna y una voz paternal que hacía que uno lo respetara más, pero era sobre todo alguien con la capacidad para enseñar con el ejemplo.

Cuando anunció que se iba de El Nuevo Diario, en 2011, José Adán me quitó el honor de entrevistarlo. Recuerdo que pasé rápido por su casa, a la fiesta de despedida. Lo abracé. Nunca platiqué largo y tendido con el doctor en otra circunstancia que no fuese dentro de su oficina, antes de entregarle un texto o al llegar de la calle, después de una cobertura.

Después que se fue, hablé con él varias veces por teléfono. Lo llamé en varias ocasiones para confirmar datos porque yéndose él, nos habíamos quedado huérfanos de saberes. No teníamos más a esa enciclopedia andante que era él. Me lo encontré muchas otras veces en sitios públicos, pero yo no hice más que preguntar por su salud y él, con su mirada tierna, me decía unas pocas palabas que no puedo reproducir aquí. En esta época el año pasado, cuando gané el Pedro Joaquín Chamorro, me llamó al periódico. “Hija, qué alegría me da saber que ganaste”, fue una de las cosas que dijo. Me alegró mucho escuchar eso porque halagos sobran pero no son siempre sinceros.

Él me vio crecer, mejorar, equivocarme y hasta me llamó al orden una vez, cuando casi lloré porque cometí un gran error. Era 2008, recuerdo, y yo, cansada, después de dos días de coberturas hasta las 11 de la noche, siguiendo a Hugo Chávez y a Daniel Ortega, me había equivocado en una cita textual en la que Chávez se refería a El Nuevo Diario. Al día siguiente, después de la justa regañada, me fui a casa con un torozón en la garganta. Quería llorar por haber cometido ese error y no tener forma de enmendarlo. Cuando él llegó en la tarde al diario supo de la equivocación y de mi reacción, y me llamó al celular para hacerme ver que no debía estar recluida en casa por la vergüenza, haciendo tanto drama. “Ay hija, pero ya pasó”, dijo en tono de regaño.

El día que yo intentaba escribir sobre el doctor, intentaba también adivinar qué recomendación me daría él para empezar el texto, cómo lo hubiese titulado o qué hubiese querido que se escribiera. Sobre todo esto último. Cuando murió Xavier Chamorro, tuve yo también que escribirlo. Me acuerdo que fui adonde él pidiendo recomendaciones. Me sugirió escribir lo que saliera de mí, pero yo no me había relacionado mucho con el ingeniero, como llamábamos a Xavier Chamorro. Esta vez, sin embargo, sí podía escribir lo que saliera de mí, pero iba a quedar un texto muy dolido, y él no se lo merece.

En su entierro y vela coincidimos todos los que aún seguimos y los que alguna vez estuvieron en El Nuevo Diario. Creo que si algo tenemos aún todos en común es nuestro respeto y admiración hacia él.

El jueves, mientras lo enterraban, con tristeza me lo imaginaba sentado frente a su Olympia. Recordaba, como en una película, cada vez que entraba al periódico, mientras revisaba la portada, cuando hablaba con los editores o nos mandaba a llamar a su oficina. Y recordaba lo que le dije en la vela a Danilo, su nieto, y lo aplicaba a mí. Si tengo que buscar un consuelo ante su muerte, ese es el haberlo conocido y haber aprendido de él.

Hasta siempre, doctor. Y gracias.

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