Sonidos con historia

SONIDOS 2

Por Matilde Córdoba

Desde que estaba pequeña me acostumbré a dormir oyendo algún ruido. Cualquiera menos el de un grillo. Ese, el del grillo, me suena a tristeza. Cuando oigo alguno me levanto de inmediato a aumentar la intensidad del abanico y me duermo escuchando el ruido que sale de las hélices.

Pequeña, cuando aún compartía cuarto con mi mamá, me dormía escuchando la radio. A veces oíamos Sin Fronteras, otras veces las noticias. En algún momento de la noche alguna de las dos se levantaba a bajarle el volumen, nunca a apagarlo, pese a la insistencia de mi hermano, que alegaba que ni él ni nosotras descansábamos por estar oyendo la radio mientras dormíamos. Quizá por eso una de los dos solía despertarse asustada a mitad de la noche. A veces una de las dos gritaba mientras tenía pesadillas o hablaba cuando soñaba. Por separado creo que seguimos padeciendo del mismo mal, ahora, talvez, con menor recurrencia.

Como con tantas otras cosas, asocio los sonidos a etapas de mi vida. Un día de estos le pregunté a Octavio, un amigo y colega, qué sonidos asocia a determinados recuerdos y me comentaba que su pensamiento político infantil lo resumía La Consigna y tarareó la canción: deme la f, de fuerza insobornable; deme la s, de sol de libertad; deme la l, de lucha inclaudicable… Él mismo decía que la euforia deportiva la representaban los gritos de su papá, fallecido un año atrás, y que su adolescencia estuvo marcada por la música de los Backstreet Boy. “Rolas bananas”, dice ahora él.

Después de hablar con Octavio, inicié una suerte de consulta con algunos de mis amigos más cercanos. A unos les tomó más tiempo recordar esos sonidos, bonitos o feos, que te recuerdan algo o a alguien. Geiner, por ejemplo, asocia gran parte de los sonidos a comidas y a su pueblo, Santo Tomás.

Mencionó de primero el ruido que sale de la cocina cuando su mamá tuesta el maíz para hacer pinolillo y también otro que evoca su infancia: el de las palomitas de maíz brincando en una olla, cuando aún se hacían de esa forma. Me recordó el timbre del colegio. Habló del goteo en el lavamanos, ese sonido que no te deja dormir cuando estás con los ojos pelados a mitad de la noche. Intuyo que en su caso este último sonido es sinónimo de insomnio (además de la despreocupación de su casera por ahorrar el agua). A propósito de sonidos, uno de los que me recuerda a él son sus carcajadas. Sus carcajadas escandalosas.

El ruido incómodo que sale de la tiza cuando con ella escribís en el pizarrón es uno de los sonidos que la Tammy mencionó en la improvisada consulta que realicé. También el que sale de un radio viejo cuando alguien intenta sintonizar una estación. El rechinar de los columpios y la voz de don Otto de la Rocha le evocan su niñez. Me la imagino, aún ya grande, meciéndose en un columpio. Escucho el sonido y la veo sonriendo, sonriéndole a la vida.

Mientras obligaba a la Karen Miguel a recordar algún sonido, se levantó de su asiento y de inmediato se dejó caer. “Mi abuelo se tiraba sobre una silla mecedora que rechinaba. Se tiraba así —volvió a levantarse y a echarse—. Le fascinaba sentarse en la silla que sonaba. Ese ruido me recuerda a él”.

En principio, Yader no pudo ayudarme mucho. Ante mi insistencia recordó la musiquita de Mario Bross. Casi al terminar de escribir esta entrada la Leyla se acordó cuando jugaba en la calle, sudada y contenta, y su mama la llamaba desde la máquina de coser,  ya sea para que le pasara una tijera o para tomarle las lecciones. El sonido que le traen ambos recuerdos es el que emiten las máquinas de coser Singer de pedal. Con su descripción pude ver a doña Leyla cosiendo y pude también escuchar el ruido. Y por supuesto, la vi a ella sucita, mechuda y contenta.

Antes de poner punto final se apareció Cris y este fue su sonido: el que se escucha cuando abrís una Coca Cola. Pero entonces no pude ponerle fin a esta entrada porque todos se dispusieron a ayudarme, esta vez solo recordando canciones que, quién sabe por qué, todos detestamos, como esa del niño que habla con el papá y se llama Mi corazón lloró; o la del Buki sobre la navidad, Mi vida sin ti; o la que a la gente le fascina poner poco antes de la medianoche de los 31 de diciembre: Faltan 5 pa´ las 12, y que a Yader le suena a abandono porque le recuerda cuando en un fin de año, siendo un niño, sus padres se fueron a la disco, dejándolo a él con su abuela escuchando faltan cinco pa´ las doce pero desde las 11:30 pm.

Hablamos también de las canciones que nos devuelven a las piñatas, en mi caso, a las piñatas en las que me persuadían sin éxito para pasar a darles o para participar en juegos como el de las sillitas. Llegamos al consenso que tres eran las de clavar: el Baile del perrito, Sopa de Caracol y El Baile del mono. La Karen está inmortalizada en un video grabado en VHS haciendo el pase de la mona sensual Ayyy.

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6 comentarios en “Sonidos con historia

  1. Matilde,
    Si se trata de sonidos de niñez, el timbre del recreo está en primer lugar, igual que cantar el himno del Calasanz cada lunes, durante la formación escolar. También la música de los programas de televisión de ese entonces: Misión imposible, Combate, el Súper Agente 86 y otros. Recuerdo además aquella voz que anunciaba: “El mundo al instante”, y venían las noticias internacionales. El anuncio célebre de Coca-Cola, que rescataron precisamente en el capítulo final de la serie “Mad men”. A inicios de los años 90, está el sonido de la conexión a Internet a través del teléfono, era un sonido muy peculiar que recrea mi hijo Carlos Roberto y que causa mucha gracia.

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  2. Me los imaginé a todos en el alboroto, que bonito. Mi recuerdo de mi abuelita bella es: De la prensa resultan, el amor y el odio, la paz y la guerra…. todas las tardes desgranando maíz y ella escuchando Radio Informaciones. Y de mi tío favorito me recuerda: “rayovac es la pila, tremenda en duración”… los fines de semana escuchando la transmisión del juego. Lindos recuerdos.

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  3. precisamente el lema de “Radio Informaciones” me transporta a mi niñez feliz, caminando a la escuelita privada donde las niñas Flores a una cuadra de la casa, pues religiosamente se oía a gran volumen en todas las casas.

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  4. Mi ruido, el que me seduce y transporta, es el que hace la lluvia al caer sobre el zinc. Es el ruido de mi infancia, quizás el primero en disfrutar. En mi casa solamente hay un ambiente donde hay láminas de zinc, y cuando llueve, no importa la hora, busco ese sitio y me dejo arrullar por el sonido… Saludos Matilde!

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