En Nicaragua “tenemos una enorme tendencia a legitimar los autoritarismos”

REVISTA IHNCA
Anastasio Somoza García y Salvadora Debayle en una celebración religiosa en las ruinas de la Iglesia Veracruz en Sutiaba, León. Portada de la revista de Historia número 30 del IHNCA

Por Matilde Córdoba

Juan Pablo Gómez, investigador y profesor titular del Instituto de Historia de Nicaragua y Centroamérica (IHNCA), analiza en esta entrevista por qué como sociedad tendemos a legitimar los autoritarismos. Su reflexión es lectura obligada si se quiere entender por qué solemos repetir muchos errores que en el pasado han costado sangre  y qué sucede con una sociedad, y un estado, al que no le interesa estudiar su pasado.

La entrevista, realizada por correo electrónico, surgió luego que platicamos informalmente sobre cómo nos enseñan historia y sobre cómo se construye la memoria en el país.

En la Revista de Historia “Pensar en Centroamérica” empezás tu artículo sobre el análisis de La Reacción, la publicación emitida por los Reaccionarios, contando una anécdota: que en una clase de historia un estudiante habló sobre la necesidad de una dictadura como garantía del orden y el desarrollo y otro lo secundó, ¿cuál es tu interpretación de esto?, ¿a qué crees que se debe?

El caso de los dos estudiantes de la clase de Historia de Nicaragua de la UCA, universidad en la cual trabajo, me sirve para sugerir la vigencia y la transmisión generacional de una de las principales problemáticas de la sociedad nicaragüense en su historia: la autoridad y el orden político. Mi investigación se interesa por procesos culturales significativos que sedimentan patrones de autoridad y configuran ciudadanías que constituyen su soporte real como lazo social y práctica discursiva. Uno de mis casos de estudio es el Movimiento Reaccionario, un núcleo cultural constituido por hombres católicos en los años treinta del siglo veinte.

Este grupo de intelectuales puso en circulación una pregunta clave para mis intereses de investigación: ¿cuál es el modelo más adecuado de autoridad para la cultura nicaragüense? Las implicaciones de esta pregunta para mi trabajo son varias y todas importantes. Primero, estos intelectuales pusieron a la cultura en el centro de los criterios a razonar al momento de definir un modelo de autoridad. Segundo, su intervención nos brinda una evidencia de que los modelos de autoridad derivan de razonamientos, discusiones, debates, tensiones. Consecuentemente, la autoridad no es, en absoluto, un fenómeno natural, sino un fenómeno social discutido y siempre abierto a lo contencioso y al cambio. Tercero, los intelectuales juegan un papel relevante en estas discusiones que definen los modelos de autoridad adecuados o inadecuados, tolerables o intolerables, justos o injustos.

Ahora bien, ¿cuál fue la respuesta de los Reaccionarios a su pregunta? Postularon que la dictadura y el gobierno de autoridad fuerte y unipersonal era el modelo más adecuado de autoridad para una cultura como la nicaragüense, marcada después de la independencia por el desorden, la anarquía y la guerra civil. Su respuesta los llevó a establecer alianzas continentales y transatlánticas con redes fascistas en Argentina, Chile, y franquistas en España y México, principalmente. A nivel nacional este discurso empalmó de maravilla con el apoyo a la candidatura de Anastasio Somoza García. De hecho, para ellos Somoza García era el ‘candidato natural’ a la presidencia desde que fue nombrado Jefe Director de la Guardia Nacional en 1933. Todo esto que comento sucedió en el primer quinquenio de la década de 1930.

Casi treinta años después, en 1967, se publicó por primera vez El nicaragüense, de Pablo Antonio—uno de los principales miembros del Movimiento Reaccionario. En este ensayo Cuadra plantea la misma problemática. Al respecto dice lo siguiente: “la proclamación de la independencia le creó a Centroamérica un problema que todavía no hemos resuelto: el problema de la autoridad”. Señalo todo esto como dos ejemplos que ilustran que el problema de la autoridad se mantiene en la discusión intelectual.

La necesidad de la dictadura como única alternativa de orden en el país de la cual hablan los dos estudiantes de la UCA es sintomática de la respuesta que hemos dado como sociedad durante muchos años. Todo proyecto de nación está sustentado y sostenido sobre un principio de autoridad. Pero cómo lo discutimos y qué modelo de autoridad creamos es un asunto que nos informa mucho sobre la sociedad que somos. El modelo de autoridad puede dar pie a una sociedad democrática o a una autoritaria, por mencionar dos términos altamente simplificadores de la realidad. Me parece que en nuestro caso tenemos una enorme tendencia a legitimar los autoritarismos como la manera más adecuada de poner orden. Y ese es un asunto que nos debe interrogar a todos como sociedad, no solamente a las elites políticas. Señalar el ejemplo de dos estudiantes que nacieron a inicios de la década de 1990 me permite ver que seguimos dando las mismas respuestas que hace casi un siglo, lo cual nos señala desafíos importantes de tratar.

En ese mismo artículo te preguntas qué circunstancias influyen para que en una sociedad como la nuestra, que sufrió una dictadura, aun sobrevivan pensamientos como este, incluso en generaciones que no conocieron la dictadura, ¿has encontrado alguna explicación?

He encontrado muchas más preguntas y problemáticas que explicaciones. Menciono dos asuntos al respecto. Una de las razones por las cuales sobreviven los pensamientos prodictadura es porque como sociedad no hemos sido capaces de discutir públicamente el pasado dictatorial. Entre otras cosas, no hemos sido capaces de decir un NUNCA MAS público al pasado de dictadura, excesiva corrupción estatal y violaciones a los derechos humanos. No hemos establecido un límite de tolerancia social al ejercicio del poder. Cierto es que nuestro pasado reciente ha sido sumamente convulso y eso afecta y dificulta la posibilidad de crear las condiciones para rememorar y hacer justicia del pasado dictatorial. Cuando entró la revolución había que reconstruir el país; la tarea estaba en el futuro y no en el pasado. Algo similar podemos decir de la transición de los años 90. Sin embargo, el efecto negativo es que seguimos arrastrando ese pasado y corremos el peligro de repetirlo.

Dudo que la revolución sandinista haya puesto fin a la cultura política implantada en casi medio siglo de dictadura. Llegamos al día de hoy y hay cero voluntad de trabajar responsable y éticamente sobre el pasado. Una de las consecuencias de esto es que continuamos siendo una sociedad tolerante al fenómeno dictadura, a la dictadura como modelo de autoridad. Más aún, me atrevo a pensar que somos una sociedad que deseamos la autoridad fuerte y gustamos de la dictadura. Y esto es algo que se manifiesta a nivel estatal y a nivel privado, si es que esto último puede existir. Por un lado, la sociedad quiere un presidente fuerte, que no le tiemble la mano, que no dude, que tenga capacidad de decidir siempre, etc. Pensemos, como ejemplo, en la publicidad electoral de Daniel Ortega como el gallo ennavajado para las elecciones de 1990. Por otro lado, en la casa pedimos que haya un hombre que lleve las riendas del hogar. La tolerancia a la dictadura debemos revisarla a la vez que interrogamos las posiciones de género dominantes en nuestra sociedad, en particular los modelos de masculinidad que tendemos a reforzar.

Para terminar de responder tu pregunta quiero decir algo con respecto al hecho de que la tolerancia y apoyo a la dictadura se manifiesta hoy en generaciones que no la vivieron. Esta problemática nos conduce directamente a la preocupación que tenemos en el Instituto de Historia de la UCA por la transmisión generacional del pasado. La universidad es un laboratorio para pensar este asunto. En nuestro ejercicio docente vemos que predomina una transmisión generacional del pasado que cristaliza las narrativas polarizadas y antagónicas de la historia reciente del país. Me explico. Los y las estudiantes conocen el pasado mucho más por lo que su núcleo familiar les cuenta, que por lo que aprenden en las clases de historia en el sistema educativo formal. Ejemplo: si mi abuelo fue somocista, mantengo su posición. No obtengo, en consecuencia, ninguna capacidad analítica para interrogar su posición política y su concepción de la historia. Si mi padre fue sandinista, sucede lo mismo. De manera que en el aula de clases nos encontramos posiciones irreconciliables e incapaces de dialogar, tal y como fue para sus antecesores. ¿Cómo construimos un futuro distinto en presentes como este? Aquí es donde la educación y la historia pueden jugar un papel importante. Sin embargo, es necesario un estado nacional comprometido en trabajar el pasado.

Juan Pablo Gómez
Juan Pablo Gómez

Vos sostenés que en nuestra política predomina un ambiente que admite, promueve y legítima autoritarismos sociales y de estado, ¿en el presente cómo crees que se manifiesta esto?

De múltiples maneras. Me puedo rápidamente referir a tres ejemplos.

Primer ejemplo. En mi investigación hablo sobre los encadenamientos entre los autoritarismos y el catolicismo durante la década de 1930 e inicios del 40. En la Nicaragua de hoy podemos hablar de un encadenamiento entre autoritarismo y cristianismo. Desde su regreso al poder, el FSLN ha capitalizado este encadenamiento—propio de las tradicionales derechas anticomunistas—para su beneficio político. El encadenamiento entre política y religión nos ha brindado una forma de concebir y ejercer el poder que ha afectado negativamente la política nacional, porque mantiene la teocracia y el patriarcado como elementos constitutivos de la distribución del poder.

Segundo ejemplo. El gobierno del FSLN ha señalado a la familia heterosexual como núcleo de la sociedad nicaragüense. Esto también es característico de las derechas tradicionales y de las elites conservadoras del país. Aquí hay un núcleo de perpetuación de los autoritarismos sociales y de estado que funcionan en la macro y en la micropolítica.

Tercer ejemplo: los usos/abusos del pasado y la cultura de memoria que está promoviendo el gobierno actual. Nuestras investigaciones en el IHNCA-UCA denuncian la genealogía patriarcal con la cual se desea reconstruir la identidad nacional: Darío, Sandino, Carlos Fonseca y Daniel Ortega. Por otro lado, las políticas públicas de memoria tienden a borrar la participación de muchas y muchos nicaragüenses en las luchas revolucionarias, y poner la agencia en otros liderazgos.

¿Qué papel juegan las sociedades en la construcción de las dictaduras?, ¿y los intelectuales?

Hay sectores sociales que juegan roles claves en la construcción de las dictaduras. El de los intelectuales es uno de ellos. Son una especie de mediación entre el proyecto político y otros sectores de la sociedad. Ponen a circular las ideas, entran en los debates, les dan sentido en una historia y cultura particular. Las elites empresariales y los sectores populares también juegan un papel muy importante. Uno de los retos para quienes creamos agenda de investigación sobre estos temas tiene que ver con interrogar los lazos sociales de los distintos sectores en la configuración y legitimación del fenómeno dictatorial. Lo fructífero de este ejercicio es descentrar lo dictatorial del sujeto dictador-familia-cúpula, y posicionarlo en el todo social.

¿Cómo conciliar esas dos historias: la de los sandinistas y de los contras?, ¿o como lo harías vos en tu rol de historiador?

Probablemente, la narrativa sandinista y la de los contras sean dos de múltiples narrativas constitutivas de lo nacional nicaragüense. Conciliación, en ese sentido, pasa por la consideración de los múltiples proyectos que se alojan en la nación. Me parece que para pensar la (re) conciliación es adecuado antes que nada discutir el término mismo de (re) conciliación, y considerar que dicho término no implica la ausencia de conflicto, disputa, tensión. Al contrario, una (re) conciliación es útil cuando es producto de la puesta en público de las correlaciones de fuerzas y las pugnas por y en torno a lo nacional. Es paradójico que como sociedad huimos de la dimensión conflictiva y antagonista de lo político, negándonos al debate público de ideas pero, a la misma vez, sustituimos la posibilidad del debate por el uso de la violencia. Aquí me parece que la investigación crítica y comprometida juega un rol relevante, al constituirse como una plataforma de debate público que interroga la realidad social desde múltiples posiciones, y parte de considerar que la realidad es siempre conflictiva; siempre está constituida por tensiones. El reto no es eliminar las tensiones, sino estarlas abordando constantemente. Pongamos el ejemplo de la polarización sandinismo-contra que mencionas en tu pregunta. Ambos polos construyeron narrativas que hicieron del otro un monstruo político, negándole una naturaleza de adversario político que debe ser reconocido y enfrentado políticamente. Es cierto que estas narrativas se construyeron en un contexto de guerra, pero en buena medida las hemos llevado a la democracia electoral. Quienes hacemos investigación en el país tenemos el compromiso de trabajar a contrapelo de estas lógicas y potencializar las tensiones.

Hablemos sobre la memoria. Ambos somos de una misma generación, no conocimos la dictadura y en los ochenta éramos aun niños. Como todos los de nuestra edad, recibimos información desde distintos lados, subjetiva generalmente, ¿cuál se supone que debería ser el rol del estado en la construcción de esta memoria?

Debería ser el actor principal para crear una disposición a la rememoración en el país. La memoria es clave para losprocesos de transición política y en nuestro caso la transición se ha realizado sobre la base de las amnistías, el olvido. El estado es el actor principal encargado de asegurar que sepamos qué sucedió, cómo sucedió, quiénes fueron los responsables, y luego de tratar de hacer justicia a los sectores afectados. En el caso de Nicaragua ni siquiera tenemos un informe que cuantifique los daños y señale los niveles de responsabilidad de la guerra de los años 80, por ejemplo. Esto a diferencia de otros países de la región, como Guatemala y El Salvador.

Además de la tarea de contabilizar los daños del pasado, debería emprender una tarea de enseñar ese pasado a las nuevas generaciones, de una manera tal que aprendamos de nuestros errores como sociedad y establezcamos mínimos de tolerancia para no repetir ese pasado en el futuro. Estos son trabajos mínimos que hasta el día de hoy a los diferentes gobierno de turno no les ha interesado realizar o, si les ha interesado, nunca se ha materializado. Lo interesante es que el campo cultural ha venido tomando este rol en los países centroamericanos en los últimos años. En el cine y la literatura, por ejemplo, podemos ver un ímpetu de memoria muy importante. En las humanidades y las ciencias sociales también. Hay un ímpetu de memoria que podemos leer como justicia poética. Es decir, las responsabilidades que no señala la justicia procedimental del estado, sí lo hace el cine documental, por poner un ejemplo.

¿Cómo en Nicaragua construimos nuestra memoria?

Empezaría a contestar sumándole una ‘s’ a nuestra y a memoria. Y hablaría de los retos en los procesos de construcción de nuestras memorias, las de quienes vivieron ese pasado que se recuerda, y la de quienes no lo vivieron personalmente, pero sí lo hicieron a través de los recuerdos de otros. En los últimos años en el país han surgido diversos esfuerzos por construir las memorias del pasado reciente del país. Ya antes mencioné el cine y la literatura como dos campos culturales que tienen mucho que brindar al respecto. Ya contamos con varios testimonios de líderes y lideresas que participaron en la revolución sandinista y que nos legaron su testimonio. Esa etapa, primaria podríamos pensar, fue muy importante. Tenemos, por ejemplo, las memorias de Sergio Ramírez, Gioconda Belli, Ernesto Cardenal, por mencionar algunas. Recientemente hay importantes esfuerzos desde el cine documental. Lo ideal es que surjan nuevas memorias que discutan las versiones del pasado de los autores antes mencionados y que emerja un proceso de pluralización y multiplicación de las voces que nos hablan del pasado.  Como decía antes, las humanidades y las ciencias sociales también tienen un rol importante que jugar en la construcción de memorias. Hay pocas investigaciones hasta ahora, pero están surgiendo programas académicos especializados, como el del IHNCA-UCA del que formo parte, que uno de sus propósitos es generar procesos de interrogación crítica del pasado.

*El título del artículo de Juan Pablo Gómez al que hago referencia es: ‘La imperiosa necesidad de la dictadura’: autoritarismo, nacionalismo y catolicismo en Nicaragua. Revista de Historia No 29, primer semestre 2013. Managua: IHNCA, UCA. 

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5 comentarios en “En Nicaragua “tenemos una enorme tendencia a legitimar los autoritarismos”

  1. Hola Matilde, este artículo está buenísimo porque vas contra la corriente mayoritaria del país, liberales y sandinistas, ja,ja….moros y cristianos en Nicaragua aceptan márgenes mayores o menores de caudillismo y autoritarismo….en realidad, hace falta estudiar al detalle cuáles son las causas a la aceptación social y política en nuestro país.
    Te felicito, Gerardo.

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  2. Es muy buena su investigación… Nuestra cultura o sociedad que somos como nación es polemica: quiénes están de acuerdo con autoritarismo y quiénes desean una democracia que nos involucren a todos?

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  3. Cómo estás Matilde, mi humilde opinión es que la sociedad de Nicaragua tiene sus bases en un patriarcado, lo que hace imperante, sin justificación, la imposición mórbida de un patriarca. Lo más triste del caso es que esta concepción es originada por mujeres, no quiero ser irrespetuoso, pero paradójcamente los hechos no pueden obviarse. Claro, para el hombre le queda decir la frase: “El niño llorón y la nana que los pellizca” Creo que hay que cambiar eso, sobre todo en las mujeres que son quienes orientan y educan a las nuevas generaciones.

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