El Porvenir y mi generación

A solo 100 metros se encuentra un puesto fronterizo.
A solo 100 metros se encuentra un puesto fronterizo con las autoridades hondureñas.
Por Matilde Córdoba

No hay letrero que te dé la bienvenida a El Porvenir. La señal de Movistar te avisa que casi llegás a Honduras (“Roaming Movistar le da la bienvenida a Honduras”). A solo 200 metros está Trojes, territorio catracho.

Este caserío ubicado a unos seis kilómetros al norte de Teotecacinte, en Jalapa, no tiene calles asfaltadas ni adoquinadas. Se llega hasta él a través de un camino de todo tiempo. En esta época no se observan cultivos de tabaco, pero los hay de maíz, frijoles y hasta de chile de exportación.

Llegamos hasta aquí por Marvin, 47 años, bajito, moreno, productor de tabaco, quien mostrará parte de las parcelas en las que ahora cultiva y que estuvieron minadas debido al conflicto armado de los años ochenta.

Mientras vamos hacia El Porvenir, Marvin cuenta la historia de su vida: entró muy joven al Servicio Militar y salió de este lugar porque era un territorio en disputa constantemente asediado por la contra. “Desde aquí podían escucharse los gritos de los contras que estaban en Trojes”, me cuenta. Gritaban insultos. De “piricuacos” para arriba.

En 1983, después de pasar quince días en un refugio antiaéreo junto a sus siete hermanos y sus padres, se trasladó a Teotecacinte. La historia no fue mejor allá.

Marvin es de esos entrevistados que abunda en detalles. “Aquí cada solar tenía su refugio porque siempre habían combates, pasaban los misiles, las katiuskas. Nuestros refugios eran hoyos en forma de L. Busque en Internet un documental que se llama ‘Teotecacinte’ y verá cómo eran los refugios”. Lo busqué pero no lo encontré.

“Muchos chavalos aquí hablan de la guerra y dicen que ellos se enlistaría si los llamaran”. Después de decirlo, Marvin sonríe con sarcasmo. “No tienen ni idea de lo que hablan, ¿a usted le parece que aquí hubo guerra? No parece, ¿verdad? Si es que el Teotecacinte de hoy no tiene nada que ver con el de los 80”. Cuando la guerra terminó, él y su familia regresaron a su casa en El Porvenir. Solo estaban las paredes.

El relato de Marvin y de tantos más con los que hablé me hizo reflexionar. Aunque no hablan de la guerra, basta tocarles el tema para revivir sus recuerdos. Todos tienen una historia que contar. Ahí está Juan, un productor sonriente que recuerda cuando junto a sus hermanos, llegaba adonde su padre a la zona de fuego y jugaba a meterle el magazín al fusil. Más tarde él fue llamado para cumplir el Servicio Militar. “Yo no sé qué suerte habré tenido pero me escogieron para estar en una oficina”, dice. Él fue quien me llevó a ver las ruinas de la casa que fue puesto de mando del BLI 3011 y me contó la historia de “la Suyapita”.

Aquella noche, después de escucharlos y sentir tan ajenas sus historias, me pregunté si mi generación está consciente de cómo fue esa guerra que dejó más de 150,000 víctimas, entre muertos, discapacitados, viudas y huérfanos. ¿Nos han contado bien esa parte de la historia?, ¿estamos claros de cómo inició y qué no debemos hacer para reeditarla?

Si quiere leer más sobre los efectos de la guerra, aquí: Víctimas de mina enfrentan apatía y burocracia, Sobreviviendo entre residuos de guerra y El renacer de Jalapa, el municipio más minado.

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2 comentarios en “El Porvenir y mi generación

  1. Nací en el 82 y cuando también escucho anécdotas y veo vídeos de la guerra reflexionó que aún tenemos mucho que saber sobre la historia y lo que vivieron en carne propia uno y otro bando incluyendo a la población civil.

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