Los héroes que no siempre recordamos

Por Matilde Córdoba

En la víspera del 22 de agosto de 2012, asistí por recomendación de Nicho Marenco a un acto organizado por algunos miembros del comando Rigoberto López Pérez, autores de la famosa “Operación Chanchera”. Recuerdo que mientras Edén Pastora hablaba frente a un público reducido, reiterando los detalles y describiendo el suceso con sus típicos gestos, entrevisté a cuatro de ellos. No conocía sus nombres ni sus rostros. Entre todos, me impresionó la historia de Santiago Pupiro. Cuando hablé con él ya estaba bastante afectado por la insuficiencia renal crónica que padece. Lo recuerdo sonriente. Sonreía pese a la adversidad.

Antes de escribir esta entrada intenté localizarlo o al menos saber de él, así que llamé a José Hermógenes Hernández, “La Tunga”, otro de los miembros del comando y quien me contó que hoy, domingo 23 de agosto, le hicieron un homenaje a Pupiro.

“Le hicimos un homenaje en vida”, me comentó, “porque está malito”. El acto fue en Niquinohomo, en la estación del ferrocarril. En un inicio sus amigos, los miembros del comando, pensaron hacérselo en su casa, pero luego obtuvieron ayuda de las autoridades partidarias del FSLN en ese municipio y le organizaron algo más grande. Más emotivo.

Cuando finalmente pude comunicarme con Santiago Pupiro me contó que está haciendo todo lo que le indican los médicos para seguir más tiempo con su familia. Viaja tres veces a la semana a Managua a las sesiones de hemodiálisis, que duran en promedio cuatro horas. El homenaje de sus amigos sin duda le provocó alegría. “Porque ya muerto, ¿para qué quiere uno un abrazo?”, reflexionó.

Parece el mismo hombre que conocí tres años atrás. Me habló de Dios y de su fe, dijo que tiene días buenos y días regulares y que espera que la lucha, su lucha, “no quede en el aire” y que sus hijos y nietos “no tengan que hacer el sacrificio” que él hizo.

Republico a continuación el texto que publiqué en El Nuevo Diario en agosto de 2012, que cuenta cómo vivían esos héroes olvidados. Fue titulado “Héroes olvidados en la pobreza”. Un año después, el presidente Daniel Ortega los convocó al acto en conmemoración de  la fecha.

CARTEL ASALTO

Santiago Pupiro sonríe porque no le queda de otra. Está vivo gracias a una máquina de hemodiálisis a la que recurre tres veces por semana pues ninguno de sus riñones funciona. Su expediente clínico indica que sufre nefropatía diabética en estado terminal, pero aun así, sonríe. Su expediente guerrillero lo ubica entre los 25 miembros del Comando Rigoberto López Pérez y su expediente de vida dice que ha sido militar, agricultor, ayudante de albañil y guarda de seguridad.

Santiago es moreno, delgado y la fístula por donde se conecta a la máquina de hemodiálisis, le ha provocado moretones en su brazo izquierdo. Pese a eso, no deja de sonreír. Pero sonrisas son las que menos le ha dado esta vida.

Hace 34 años Pupiro cultivaba quequisque, maíz y frijol con su padre. Entró a la guerrilla urbana cansado de tanta represión y un día le dieron una orden: debía formar parte de un operativo cuyos detalles iban a ser dados a última hora. Solo sabía que aquello era un asunto de “patria o muerte”.

“Patria o muerte” son las mismas palabras que pronuncia José Hermógenes Hernández, Donald Pastora y Porfirio Salinas cuando hablan de los preparativos previos a la “Operación Chanchera”, ocurrida el 22 de agosto de 1978 y que logró la liberación de 106 presos políticos y se convirtió en uno de los mayores golpes a la dinastía somocista.

Ese 22

Poco antes del mediodía, hace 34 años, Porfirio Salinas y Santiago Pupiro salieron en una camioneta verde olivo de una casa de seguridad en Tipitapa hacia el Palacio Nacional, donde sesionaban los diputados de la época. Vestían como guardias de la Escuela de Entrenamiento Básico de Infantería (EEBI). No eran grandes guerrilleros pero tenían disposición y habían sido escogidos para esa operación, cuyos detalles conocieron apenas un día antes de que se realizara.

Salinas cargaba un fusil Garand, 120 tiros, y en una mochila llevaba 10 cordeles para amarrar a los rehenes, una pañoleta rojinegra, una máscara antigás, un pequeño botiquín de primeros auxilios, lámpara de mano y bolsas para guardar agua. Los 25 miembros del comando vestían como los guardias de élite: camisa arremangada y boinas negras y actuaban como ellos. Gritaban, insultaban, parecían tipos sin piedad.

Entraron por la parte oeste del Palacio Nacional, descrito por Gabriel García Márquez en una crónica sobre el suceso, como un viejo y desabrido edificio de dos pisos con ínfulas monumentales. Ambos pertenecían al grupo que lideraban los guerrilleros Hugo Torres y Walter Ferreti, quienes tenían la misión de subir las escaleras y entrar por la parte trasera del salón donde sesionaban los diputados.

Al mismo tiempo, el grupo de 12 que encabezaba Edén Pastora y Dora María Téllez, entraba por la parte delantera del salón. En ese grupo iba José Hermógenes Hernández.

Hace 34 años

A José Hermógenes Hernández le dicen “La Tunga” y no porque sea una pulga sino porque en su juventud fue muy ágil. Es el típico monimboseño: moreno, aindiado, pelo chirizo y color azabache. Hoy tiene 53 años y las marcas del implacable tiempo se le notan en rostro.

Hernández se sienta a conversar antes que empiece el convivio por el 34 aniversario del asalto al Palacio Nacional, al que asistirán 12 de los miembros del comando Rigoberto López Pérez. Se ausentarán dos de los dirigentes del comando por diferencias políticas, 11 de ellos ya murieron.

Los que aun viven y estarán en esta actividad, excepto Edén Pastora, han vivido alejados de la opulencia, de los flashes de los medios de comunicación, de los altos cargos. En 2008 el gobierno les otorgó la orden Carlos Fonseca Amador y ordenó darles una pensión de C$8, 000 mensuales.

“Sí, nos hemos sentido olvidados pero no por eso nos sentimos mal… Muchos de los liberados no nos han apoyado”, dice “La Tunga”, cuyo único hijo abandonó la universidad hace poco porque no puede costear los gastos de transporte y de papelería que se requieren para concluir la carrera.

“La Tunga” está de pie muy a las 5:30 de la mañana. Trabaja como supervisor de los barrenderos de la alcaldía de Masaya y tiene un molino, pero el negocio últimamente no va muy bien. Hay mucha competencia en esa ciudad.

Porfirio Salinas también es de Masaya. Luego del triunfo de los sandinistas en julio de 1979 entró al Ejército. Estuvo en las tropas Pedro Altamirano, en las Pequeñas Unidades de Fuerzas Especiales y fue jefe del destacamento de Peñas Blancas. En 1997 tenía el grado de mayor. “Pero se me dificultaba hacer planes”, confiesa. Por eso se retiró de la institución militar.

Su opción fue formar una cooperativa de taxis pero luego faltó el dinero y el vehículo se fue dañando más y más. Vendió la concesión, quedó de cadete y poco después se dedicó a vender hortalizas. “En el mercado Dios llegó a mi vida”, cuenta. Hoy es chofer en el Bufete Boris Vega.

Donald Pastora se jubiló siendo conductor de la Alcaldía de León. Tiene una mirada triste y un bigote que llama la atención. Después de julio de 1979 se metió a varios oficios.

“Me metí a trabajar de inspector en el Ministerio de Comercio Interior, luego me fui a Enabás. Me integré a los batallones de reserva. La última movilización fue en la Quinta Región. Me tocó dialogar con la contra y quise desarmar a ‘Súperman’. Después trabajé de chofer y el año pasado me operé de la cervical. Estoy en mi casa haciendo quehaceres”, cuenta.

Solo 12

Son las 12 del mediodía del domingo 20 de agosto de 2012. El acto empieza sin que llegue Santiago Pupiro, el único de los 12 que confirmó su presencia pero que aun no ha llegado.

Edén Pastora habla y habla. Narra detalles, grita, se calla, hace muecas, estira un brazo y el otro. Recién llegó Pupiro. Se le nota cansado aunque insiste en sonreír. En la década de los 80 estuvo enlistado en el Ejército pero se cansó pronto. “Ya me sentía cansado… primero la guerra de liberación, después la contra”. Era capitán cuando salió del EPS. Después de salir se deprimió.

“No dormía tranquilo, desconfiaba de todo el mundo, escuchaba ruidos”. Santiago tenía traumas.

“La guerra es algo horrible, pero hoy mi vida es diferente, volví al campo por un momento corto. Después me fui como ayudante de albañil y al año me volví, como dicen, albañil de cuchara gorda. Ahora soy guarda de seguridad en la Alcaldía de Managua, el trabajo me lo consiguió Nicho (Marenco), pero tengo insuficiencia renal a causa de la diabetes, estoy en etapa terminal. A veces uno le pregunta a la vida: ¿por qué? Es horrible suplicar, pero ahora agradezco de corazón esta pensioncita…”, comenta Pupiro.

Y sonriendo dice que si mañana le llega la muerte a la que no le temió hace 34 años, pide que ésta llegue con misericordia y que sus siete hijos recuerden lo que le ha enseñado. Pupiro termina su historia. Edén Pastora continúa hablando.

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2 comentarios en “Los héroes que no siempre recordamos

  1. Matilde, muchísimas gracias por su escrito, me emocionó mucho, ojalá pudiéramos contar con más gente haciendo esa labor tan importante, en Nicaragua no hemos sabido honrar a nuestros héroes debidamente ni a nuestros muertos, eso me apena y me siento responsable por no ayudar más a que NO OLVIDEMOS
    Vanessa Castro Cardenal

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