Tocar los papeles viejos

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Por Matilde Córdoba

Soy de las que guarda papeles viejos. Boletines del colegio que algún día le robé a mi mamá, notas que alguien me dejó por cualquier causa, garabatos hechos por mis sobrinos, cartas escritas a mano, páginas que aún conservan el pelajal que queda cuando las arrancás del cuaderno —cuando los cuadernos valían quince pesos—, tarjetas de felicitaciones chiquitas y grandes, y hasta mapas hidrográficos de África, en los que ahora solo puedo identificar el Nilo.

Diría que uno de mis pasatiempos es leer cosas viejas pero mentiría porque no lo hago a menudo. Suelo arreglar el relajo en la mesa de noche cuando ya no entra nada más y ahí sí: encuentro el papelero. Releo y sonrío. Me pasa igual cada vez que abro mi clóset en la casa de mi mamá, en León. Encuentro tareas de historia y, entre los papeles ordenados por tamaños, las más de quince tarjetas que ella me ha dado en cada cumpleaños. Leo con dificultad los mensajes ahí escritos y noto cómo ha cambiado su letra —para ser más ilegible— y cómo ha variado el contenido según los años cumplidos.

Un día de estos revisé los papeles que aún tengo en la casa de mi tía. Encontré postales enviadas por amigos desde otros países y en una esquina del ropero, tal como yo lo dejé desde que me fui, está aún un mamotretro pesado y vetusto que contiene todos los periódicos de enero de 1990. Los guardé porque ahí sale la noticia de la muerte de una persona importante para mí. Si algún día heredo algo, esa será una de las pertenencias a heredar —además del comején que seguro tiene—. Hallé también el libro que me regaló un amigo ya muerto y que tiene en su primera página una dedicatoria premonitoria.

Con los papeles viejos uno puede alegrarse o entristecerse, y puede también reflexionar. Esto último me pasa cuando vuelvo a leer las primeras notas y reportajes que me publicaron en El Nuevo Diario. Tengo en una caja —de esas bonitas en las que venía algún perfume, crema y gel tipo Elizabeth Arden— una página amarillenta de El Nuevo Diario con la primera nota que me publicaron siendo pasante. Me siguen quedando negros los dedos cuando la tomo. La nota informaba sobre la verificación del candidato presidencial Herty Lewites en su Junta Receptora de Votos (JRV). Recuerdo que fue en la UNICA, una mañana de junio. Me quedé de larguito observando el carisma de Herty y después, al venir al diario, me costó un mundo titular, así que puse una frase de él entrecomillada. No me lo cambiaron (lo que no quiere decir que el titular fuese tuani). Fui feliz aquel día viendo mi nombre en el periódico hasta que llegó el reclamo de mi mamá: ¿por qué no te pusiste el Núñez si a mí me costaste? Le he explicado desde entonces que sí me lo puse, pero que en el periódico lo quitaban porque estilaban poner solamente el primer apellido de los periodistas. Creo que jamás lo ha entendido.

Eso no fue lo primero que publiqué en un periódico. Conservo la página entera con el reportaje sobre las famosas chibolas* de León. Recuerdo que tuve insomnio la noche antes de la publicación a causa de la ansiedad. Empezaba en la UCA cuando escribí ese texto, que mi amigo y también maestro de universidad, Joaquín Torrez, editó y gestionó para que se publicara.

Los papeles te permiten tocar los recuerdos. Cada vez que ordeno la mesa de noche, que está repleta de papeles, medicamentos que dejé de tomar, y uno que otro chunche, hallo el boleto para entrar a Machu Picchu y me recuerdo anonadada viendo el paisaje. Si no tuviese esta manía de guardar papeles no podría trasladarme ocasionalmente al pasado y sentirme dichosa de lo vivido… y de lo bonito que hacía los mapas en el colegio.

*Las chibolas eran unas  gaseosas famosas en León. Eran hechas en la “Chibolería Lacayo”.

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6 comentarios en “Tocar los papeles viejos

  1. Que lastima que ya no existen las “Chibolas lacayo”, que paso con las colas Cartier? Es de las mejores bebidas que he probado, me acuerdo que solo las tomabamos en ocaciones especiales o cuando estabamos enfermos. Una que otra vez me ha tocado volver a mis examenes de primaria, creo que en la casa aun conservo un examen de 4to grado. Y tambien varias tarjetas o felicitaciones de amigos. La foto de la promocion de secundaria firmada por varios compañeros es algo muy simbolico. Y tambien uno de los primeros ensayos que hice en la UNAN y lo hice a mano pues no tenia computadora, no se si aun acepten ensayos hechos a mano, creo que no. Hoy en dia que usamos mucho la computadora como que casi no se escriba a mano, pero es interesante ver cuando la gente escribe cartas a mano y escribe en cursiva o “letra de carta”, me he dado cuenta que la mayoria de gente de edad escribe en cursiva tiene su propia personalidad.

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