Artes marciales para defenderme de los “arrebatos”

poster kravmagáPor Matilde Córdoba

Esta es la historia de cómo sobreviví a seis domingos de intenso entrenamiento para aprender a defenderme: golpes, patadas, moretones. Tenía 26 años, era asmática, estaba peleada con los deportes desde la primaria y pesaba 115 libras. Aprendí a defenderme de posibles agresiones físicas y sexuales y escribí cómo fue el proceso. Mi editor me lo había encargado.

Yo fui siempre esa a la que todos identificaban como “mantequilla”, a la que escogían de último en los equipos escolares. Fui siempre lenta y después de diez minutos de trotar me escapaba de ahogar. Para mí era imposible —y continúa siéndolo—practicar eso que llaman la carretilla. En síntesis: esos seis domingos fueron de sacrificio.

Mientras escribía la crónica, miré el corto de la película “Nunca más”, en la que Jennifer López practica Krav Magá, el sistema de lucha creado por el ejército israelí allá por 1940. En hebreo Krav Magá significa “combate cuerpo a cuerpo”. La “JLo” y yo, muchas libras de caderas aparte, lo practicamos. No tengo su cuerpo, no canto ni bailo como ella, e incluso, tampoco practico el Krav Magá como lo hace ella en la película, pero ambas tenemos algo en común: conocemos sus técnicas, y, en teoría, estamos preparadas para defendernos de una agresión.

Domingo I

El primer sacrificio fue perder mis días libres en León. Una licra rosada, una camisa negra y unos tenis fueron mi atuendo ese primer día. Éramos doce. Unas habían llegado porque sus padres las mandaron, otras para defenderse de los delincuentes en la calle, y las restantes para no permitir agresiones de sus futuras parejas, igual que la “JLo”. El curso solo era para mujeres. Era intensivo además. Estiramientos: un brazo sobre la cabeza, cabeza adelante, rotando cabeza, pierna hacia atrás, cuerpo inclinado. Al suelo: rodilla flexionada, manos estiradas tocando la punta del pie… ¡A trotar!

La clase empezó con un juego parecido al fútbol americano. Dos equipos siguiendo la pelota hasta ponerla sobre una almohada roja. Yo no sabía quién era de mi equipo. Me tiraban la pelota y no la agarraba. Me perseguían y, claro, me atrapaban.

La defensa personal es un asunto de conocimientos y de práctica. No importa si el atacante es más gordo, más flaco, más alto, más fuerte o más débil. Lo importante es que el atacado sepa cómo defenderse, cuáles son los puntos débiles del cuerpo humano y las técnicas adecuadas. Después debe huir. Ojo: no es lo mismo defenderse que atacar, así que tras defenderse, hay que huir.

Las lecciones del primer día de clase consistieron en tomarnos de los brazos una y otra vez para aprender a soltarnos. Aquello parecía sencillo y ya me creía “JLo”, pero el lunes fue imposible lavarme el pelo o simplemente cargar un vaso de agua. Eso sin tomar en cuenta que una de mis compañeras me enterró las uñas. Así que aconsejo: si va a meterse a un curso de defensa personal, córtese muy bien las uñas, pues de lo contrario será rasguñada o le arrancará el pellejo a alguien. Y no se preocupe en golpearle los testículos al instructor, el tramposo usa protector.

Domingo II

Mis ánimos empezaron a bajar. Dos mujeres nuevas se integraron al grupo y otras dos faltaron. Una de ellas era una señora con acento mexicano, gordita y blanca, y la otra una chavala veinteañera que se reía de todo. No logré jamás entender a qué venía tanta risa: era domingo, eran las nueve de la mañana, hora en la que debíamos estar durmiendo y, en cambio, estábamos intercambiando codazos.

La primera tarea de aquel día fue dar codazos a un “arrebatado” imaginario, la segunda darle codazos al sandbag y la tercera darle codazos a la que me agarrara, pero no estampárselos en la cara. Es decir, hacer la mueca que le clavaba el codazo.

El ejercicio consistía en que una atacante te agarra por detrás pero dejándote libre los brazos, mientras otro te atacaba de frente. Lo primero que se debe hacer es impulsarse hacia atrás y patear al que viene de frente. Olvidé decir que parece que mis reflejos en las piernas no están tan mal, le di dos patadas al atacante mientras otro me sostenía por detrás. Después le metí cuatro codazos al que me tenía agarrada, y cuando se inclinó por el dolor, le di un golpe estilo martillo en la nuca y huí. Bueno, no huí, el instructor nos gritó que huyéramos antes que se levantara el que botamos a patadas.

La señora del acento mexicano me enseñó un truco: el gusanito: moverse, moverse, moverse, moverse. Después que pateé a uno, me muevo, me muevo, me muevo, saco mi cadera y doy espacio a una de mis manos, para que ésta pegue en los huevos y el agresor me suelte.

Hasta este momento no tuve amigas. Todas llegábamos, peleábamos, intercambiábamos dos o tres palabras y nos íbamos sudadas y hambrientas. Desde el inicio me identifiqué con Margina, pues las dos teníamos fijación con el reloj. Yo lo veía cada cinco minutos, y a las 12 en punto ella me leía la mente. “Ya es hora”, gritaba.
Después de esta última sesión caminé tres días como recién operada.

Domingo III

Estrangulamiento. Me animó este ejercicio. Pude hacerlo casi a la perfección, tanto que le metí un codazo en la ceja a Joaquina, la embarré de sudor y no huí. Nos estrangulamos una y otra vez, con las dos manos presionando sobre el cuello y desde atrás, con el antebrazo en forma de llave. Practicamos tanto, que el lunes tuve un extraño dolor de nuca.

Domingo IV

El cuarto domingo me tiré a la calle de en medio. Llegué 25 minutos tarde porque me dolía vientre. Ese día íbamos a aprender a defendernos de un palo. Yo lo hacía al revés. “¡Es con el pie contrario!”, indicaba el instructor, y yo seguía de burra. ¡Qué diría la “JLo”!

Todas, excepto yo, se veían animadas. Joaquina, 17 años, llevaba el curso porque es una chavala activa y porque deseaba estar preparada cuando alguien quisiera agredirla en la calle. Hazel, Norma y Ana llegaron porque sus padres las mandaron a prepararse para poder defenderse de cualquier hombre en la calle o, incluso, en sus propias casas. Dos jóvenes más se inscribieron para no sufrir lo mismo que muchas amigas y familiares: violencia de parte de sus parejas. Ellas no quisieron que sus nombres salieran en el diario, pero Margina sí. De 32 años y abogada, esta mujer siempre jovial y bromista, creció en un hogar disfuncional donde su padre agredía a su mamá.

Domingo V

Ese día tendríamos que terminar el curso, pero se alargó por una clase extra de Jiu Jitsu, en la que aprendimos a defendernos en el piso. Los calentamientos fueron diferentes. Había que aprender a levantar la cadera y sacarla hacia la derecha y hacia la izquierda. Yo pensé que esto era pérdida de tiempo, pero al final supe que es la base de todas las técnicas. Ese día supe también lo que era un buen golpe en la nariz. Una de mis compañeras hizo todo al pie de la letra y fue tan fiel a la enseñanza, que me pegó con fuerza en la nariz luego de neutralizarme. Lo mejor fue que no se dio cuenta. Y tampoco se dio cuenta de la patada que me dio en la cara, cuando yo hacía de una violadora que, quizás estimulada por las cervezas que arrebatan, intentaba quitarle el calzón.

Domingo VI

Ese día Margina y yo pudimos reírnos con más soltura y hacer los ejercicios a medias. Ese día aprendimos a defendernos cuando nos ponen un cuchillo en la espalda, cintura o cuello. La técnica, practicada con un cuchillo de madera, parece sencilla, pero yo no me atrevo a practicarla con un delincuente de verdad con cuchillo de metal. Una sesión de fotos y de vídeos interrumpió la clase. Debimos hacer demostraciones de lo aprendido en cámara. ¡Sorpresa! Parece que algunas aprendimos. El curso terminó, y teóricamente ya sabemos dónde golpear o qué hacer ante un abusivo. Decidimos defendernos con nuestras propias manos, no vaya a ser y un día la justicia nos sorprenda con un fallo arrebatado.

*Nota: Cuando escribí este artículo la CSJ había reducido la pena de seis a cuatro años a Farington Reyes, condenado por violación, aduciendo el estado de “arrebato” causado por la ingesta de cervezas del violador. Una versión más extensa del artículo fue publicado en El Nuevo Diario en julio de 2011.

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9 comentarios en “Artes marciales para defenderme de los “arrebatos”

  1. Que buena experiencia, ahora ya sè que puedo andar segura con vos jeje. He leìodo los anteriores, y han sido agradables, el que escribiste a tu tìa Alma me emocionò

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    • Nunca enfrentes a un hombre ya que es mas fuerte y rápido que vos te gana en tamaño y pesó te recomiendo que no camines sola o compra una arma el KM es bueno pero para hombres sorry creelo con arma sos igual o mas peligrosa que cualquier hombre. SHALOM!

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  2. ¡Hola prima! Me ha resultado interesante tu relato. Eso me ha hecho recordar lo mío que ocurrió en los tiempos remotos, en concreto en 1988 si bien no viene mucho al post. Entonces yo era un adolescente de 17 años, y una noche fui víctima de un asalto en el ascensor del bloque de pisos donde vivimos. El agresor era más fuerte que yo y para empeorar las cosas llevaba una navaja afilada que me puso en el cuello. Preferí entregarle mis cosas a forcejearme con él ya que lo más probable fue que acabase gravemente herido y lesionado. Pero aunque yo dominara artes marciales quién sabe si no se me hubiera caido el pelo por haberme excedido en la defensa personal, que yo sepa si te defiendes a veces el malo eres tú. Visto lo visto, una vez que dejes al agresor quietito y tirado al suelo, hay que salir por patas.

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  3. ajuaaaaaaaaaaaaaaaaaa si que fue pura emocion el entrenamiento, ojala no lo tengas que usar en la calle y si pasa, se que sabras defenderte. saludos y me gusta la originalidad y franqueza con que escribes, hasta te imagine en cada sesion, abrazos

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