El acoso callejero, el periodismo y yo

CARTEL CONTRA EL ACOSO3

Por Matilde Córdoba

Yo era una chavala flaca, ni bajita ni alta, poco risueña y con apariencia de estudiosa que entre los trece y catorce años tenía la libertad para salir de la casa sin pedir permiso, solo avisando adonde iba. Usualmente visitaba a mis amigas o La Asunción, el colegio de monjas en el que estudié la primaria y la secundaria. A veces iba dos veces al día al colegio, teniendo que caminar unas dieciséis cuadras leonesas en cada viaje.

En una de esas idas y venidas me topé con un tipo grandulón, con apariencia intimidante que al pasar junto a mí me tocó la vulva. Fue muy rápido. Tengo presente aún la imagen de cuando viene frente a mí y luego me veo yo, de pie, aturdida, viéndolo continuar su rumbo. Nunca se lo dije a nadie. No sé ni por qué —seguro cuando una de mis hermanas lea esto me regañará—.

Mi mamá nos enseñó muchas cosas, entre ellas a identificar situaciones en las que se le debía patear los huevos a un hombre. Así lo decía ella: “Si un hijueputa te quiere tocar, le pegás una patada en los huevos”. En las lecciones recurrentes que solía darnos a mis hermanas y a mí, había una gran lista de circunstancias en las que debíamos patearle los bajos a un tipo, fuese o no desconocido, entre ellas esta: si un hombre nos rascaba la palma de la mano con su dedo índice indicaba que quería sexo y eso era motivo suficiente para patearlo. Era en defensa propia y nosotras éramos unas niñas —mi hermana mayor ya era adolescente—.

Nunca supe cómo jodido iba a patear a un hombre en los testículos, pero sabía que llegado el caso debía hacerlo. Aquel día no tuve oportunidad de poner en práctica la lección, pero desde entonces, por instinto, camino con los brazos hacia adelante cuando voy sola por alguna calle. Sea la calle que sea.

Desde que cobré conciencia que existía algo llamado acoso sexual callejero pensé en que debía escribir sobre esto, pero me decidí a hacerlo cuando una amiga danesa, una antropóloga que estaba recién llegada al país, me contó que en plena Plaza de las Victorias, en Managua, dos hombres le levantaron la falda y se carcajearon. Desde entonces y hasta que se fue se sintió insegura. Me pidió una recomendación para sentirse más segura y yo, furiosa y con mucha frustración, solo atiné a decirle que no usara falda si iba a salir a la calle. Es horrible recomendarte esto, le dije, pero es lo único que se me ocurre.

Cuando le conté a mis amigas del diario sobre la historia de la danesa, ellas narraron sus experiencias y resultaron ser peores. Ya adulta a una le tocaron una chicha y a otra una nalga, lo que me hizo deducir que todas teníamos una historia que contar sobre el acoso callejero.

Hablé con más amigas y con conocidas y a todas alguna vez las habían intimidado, así fuese con un chiflido, y entonces recopilé información, busqué organismos que trabajaran el tema, a personas que a diario están en la lucha contra el acoso callejero desde las redes sociales y cuando tuve todo, comuniqué en el diario que tenía un texto listo para publicarse.

Desde entonces y sin preverlo, empecé a dar cursos improvisados en los escritorios del periódico sobre qué es el acoso callejero y por qué no nos gusta. Ninguno de mis compañeros entendía bien el asunto. “Pero… y si te piropeo y te digo linda, bonita, ¿es acoso?”. Yo explicaba y ellos volvían: “Pero… y si te digo ‘por vos subiría al cielo…’”. Se buscaban el más cursi “piropo” y preguntaban: “¿Eso es acoso?, ¿en qué te perjudica?, ¿por qué no te gusta?”.  Les explicaba mi experiencia, las de mis amigas, las consideraciones de las feministas, les insistía que queremos caminar por la calle sin escuchar opiniones que ni hemos pedido ni necesitamos y repetía que ellos andan por el mundo sin que nadie los hostigue, que eso queremos. Algunos parecían quedar satisfechos y otros no tanto. Así pasé por el editor, el infógrafo, el fotógrafo, el diseñador y por todo el que tuviera la misma duda y se atrevía a preguntarme. Hombres todos, claro está.

Todos, excepto uno, intentaban realmente comprender por qué nos molesta tanto que nos digan “cosas bonitas” (“Adiós guapa”, “¡qué mujer más linda”!) en la calle, entendiendo —debo hacer esta aclaración para que nadie crea que trabajo con trogloditas— que sí nos molestan las ofensas, los manoseos y los comentarios vulgares sobre determinadas partes de nuestro cuerpo.

Aquí el texto y aquí una entrevista.

Terminé el texto más preocupada de lo que estaba antes de escribirlo y convencida que a todas nos toca la lucha, una lucha que debe ser diaria. Muchas mamás podrían empezar enseñándoles a sus niños a no “piropear” ni a sacarse el pene donde les dé la gana, por mencionar dos conductas que contribuyen a que los hombres crean que todo espacio público les pertenece y que nosotras somos parte de esas pertenencias. 

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5 comentarios en “El acoso callejero, el periodismo y yo

  1. Es interesante que haya mujeres que se atrevan a escribir sobre estos temas, pues todos los días estamos expuestas a vulgaridades en las calles. Yo agregaría que esta práctica también ocurre en los buses… donde es cotidiano la restregadera de hombres encima de las mujeres. Bravo, Matilde… sigue escribiendo….

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